La victoria (Material) del juez Ramírez Sineiro. Por Germán Rodríguez Conchado

Acabo de leer en “La Opinión” una información sobre la condena de la Audiencia Provincial a  “dos secretarios judiciales” por “difundir  insultos y hechos falsos” sobre el juez Ramírez Sineiro. Conozco al juez Ramírez Sineiro; conozco el asunto y conozco la forma de dar información que tiene “La Opinión”. Y por todo ello considero una exigencia moral exponer  mi personal criterio sobre este asunto.

Conocí al juez Ramírez Sineiro hace más de 30 años cuando él era juez militar con sede en lo que había sido el Cuartel de Sanidad y yo tuve que intervenir como abogado en varias ocasiones ante ese juzgado. Lo primero que recuerdo de aquellos ya lejanos tiempos era el trato de profesionalidad y respeto de los juzgados y tribunales militares en relación con los que se dispensaban (generalmente) en los juzgados “ordinarios” dicho sea en el más extenso significado del término. En concreto, el juez Ramírez Sineiro mantenía un respeto exquisito, tanto en los asuntos que resolvía como con las personas con las que trataba. Muchos años después, tuve la oportunidad de reencontrarlo en el primer juzgado unipersonal de lo contencioso y su comportamiento seguía siendo exactamente el mismo, destacando en el ámbito civil por el alto grado de disciplina y rigor que aportaba a los tiempos de actividad y a los asuntos que llevaba. Creo que era el único juzgado de La Coruña que no tenía retraso en los asuntos que llevaba, todos los asuntos estaban al día. Naturalmente, las exigencias personales de rigor y disciplina que el practicaba, las trasladaba a los funcionarios  de su juzgado, y a eso no estaban acostumbrados. Por eso cuando tuvo que reprender el incorrecto comportamiento de una funcionaria (ocurrido además en una vista oral y pública) lo hizo con toda firmeza,  y esta pidió el auxilio de un compañero de trabajo del mismo juzgado que era dirigente sindical y ambos denunciaron al juez ante dos entes de similar importancia a estos efectos: La Voz de Galicia y el Tribunal Superior de Justicia de Galicia, cuyo presidente de entonces JESUS SOUTO estaba sumamente ocupado en conseguir una plaza en la Sala de lo Social del Tribunal Supremo y lo que menos interesaba a ese propósito era enfrentarse a los sindicatos y a La Voz de Galicia que los apoyaba. Por ello tomó la cobarde decisión de sancionar al juez en lugar de sancionar a los funcionarios. Envalentonados éstos con esa sanción redoblaron su enfrentamiento con el juez Ramírez Sineiro quien, en lugar de amilanarse ante el acoso ejercido por los sindicatos sancionó disciplinariamente a todos y cada uno de los funcionarios de ese juzgado que dio motivo para ello, llegando a quedarse solo con el Secretario Judicial, sin que el presidente del TSJ, JESUS SOUTO, proveyese funcionarios sustitutos (aquí lo que menos importa son los derechos de los ciudadanos) durante más tiempo del conveniente. Entre el juez Ramírez Sineiro y el secretario judicial consiguieron mantener la actividad ordinaria del juzgado, sin funcionarios, a costa de trabajar muchos días hasta las cuatro de la mañana.

Finalmente, el Tribunal Superior sustituyó a los funcionarios, el juzgado recuperó la actividad normal, JESUS SOUTO consiguió su plaza en la Sala de lo Social del Tribunal Supremo y la sanción impuesta al juez Ramírez Sineiro fue anulada por la Sala de lo Contencioso del mismo Tribunal Supremo.

El juez Ramírez Sineiro soportó estoicamente desde 2.002, panfletos, concentraciones y manifestaciones con ánimo e intención descalificantes de los sindicatos, ante la “tibieza” de sus compañeros jueces y con la oposición interesada y cobarde del presidente del TSJ, y siguió adelante con sus denuncias contra los funcionarios y no se desmoralizó cuando en la primera instancia fueron absueltos por jueces digamos generosamente que “especialmente tibios”. Está claro que los sindicatos, acostumbrados como estaban a que los jueces (en general) miraran para otro lado ante los métodos de verdaderas  coacciones, amenazas y daños que constituyen su habitual “modus operandi” en casos de conflicto abierto (inutilizar cerraduras con palillos o silicona, romper escaparates, pintar y estropear fachadas, injuriar gratuitamente, desalojar  a clientes de los establecimientos con violencia verbal o física, cortar calles, etc) no contaban que cuando se enfrentan a una persona de sólidos principios, lo que se entiende como un “hombre de honor”, no iban a conseguir nunca su objetivo. Y así fue.

Finalmente, la vergonzosa información de “La Opinión”. Desde el principio ha tomado partido a favor de los funcionarios, publicando a la conveniencia de sus intereses, fotos del juez Ramírez Sineiro y sesgando (cosa no excepcional en ese periódico) la información sobre el mismo. Ahora que parece que se ha acabado el asunto (si no hay casación) ni siquiera se ha atrevido a dar los nombres de los “dos secretarios judiciales” que “difundieron  insultos y hechos falsos”. Al juez Ramírez Sineiro “La Opinión” lo crucificó en su momento citándolo repetidamente incluso con la fotografía, pero a estos dos funcionarios, no ha tenido “lo que hay que tener” para decir ni siquiera sus nombres, no sea que les vaya a parecer mal.

Esta es la clase de  “prensa libre” que practica ese periódico. Recuerda el chiste que contábamos los jóvenes de mi generación en tiempos de Franco.  Decía uno: “Menos mal que en España tenemos libertad de prensa”. Contestaba el otro “¿Cómo que tenemos libertad de prensa?”. Y el primero le replicaba: “Y luego ¿Tu no compras el periódico en el kiosco que te da la gana?”. Con periódicos como “La Opinión” se constata que lamentablemente ese viejo chiste sigue teniendo actualidad.

Actualmente he perdido la pista al juez Ramírez Sineiro. Hace unos años pasó a la Sala de lo Contencioso del Tribunal Superior de Justicia de Galicia y se que recientemente abandonó ese destino por motivos personales a los que, seguramente, no habrá sido ajeno su delicado estado de salud. No se si se ha jubilado o si ha fallecido. Pero esté donde esté, quiero hacerle llegar mi más profundo reconocimiento por mantener en unas circunstancias enormemente difíciles y de forma valiente, frente a todos, la dignidad y  el honor.  Y felicitarlo, pero no por esta victoria material que se que no le importa nada, sino por la victoria moral que consiguió hace mucho tiempo en este asunto, dando testimonio de valentía y honor, sin cuyas virtudes la justicia no es posible.

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