Camino del cabreo final. Por Carlos Marcos

Carlos Marcos

Pasan los días, las semanas, se agotan los recursos y las paciencias y solo se mantienen y crecen las incertidumbres. Dije ya en esta columna que no hay ningún gobierno culpable de la aparición de este maldito virus, a espera de que se aclare lo de China y sus laboratorios, pero si hay responsables de una determinada manera de gestionar estos tiempos. Aún presuponiendo la buena voluntad de todos los actores, al gobierno cabe exigirle talento, mesura y acierto en las determinaciones tomadas. En esto empiezan las discrepancias y aparecen las opiniones. No llevo carné partidario alguno en mi bolsillo y desde la independencia que eso me da comento con ustedes aquellas cuestiones que me apetece, sin filtros y sin censuras, de momento.

Lo que más me indigna, porque indignado estoy, es la desinformación, madre de todas las incertidumbres. En esto somos campeones del mundo. Desde Sócrates cuando enunció el “solo sé que no se nada” hasta hoy, hemos avanzado poco. Escribo estas líneas el pasado viernes, tras seguir con máxima atención la rueda de prensa, o simulacro, de Fernando Simón. Lo primero que llama mi atención es la cadena de suposiciones que hace en su intervención, apartadas de cualquier principio científico y convirtiéndose en un político más que, tratándonos como menores de edad pretende edulcorarnos la situación rozando el infantilismo menos elaborado que he visto en mi vida. Pero ya llegando el final de su comparecencia espero con tristeza escuchar el número de fallecidos del día anterior y, para mi sorpresa, no lo da. Pienso que alguna razón acabará por aclarar esta falta de información porque no me puedo creer que se haya olvidado de los fallecidos, no puede ser. Tras ser preguntado por algún periodista sobre la cuestión, habla de 585 personas fallecidas y al segundo siguiente dice tener un problema con los datos y que pudieran ser 348. Ojiplático permanezco ante la pantalla. En un momento en el que los datos del gobierno están en cuarentena, nunca mejor dicho, va el portavoz gubernamental y nos dice que no le salen las cuentas en cuanto a los fallecidos. Mi indignación crece. No solo fallecen en soledad, son enterrados en soledad y se cuentan por números sin humanidad alguna, que ahora no sabemos ni contarlos.

Dicen que el ministerio de sanidad no puede saberlo y que depende de las comunidades autónomas, pues para que sirve entonces el ministerio con su ministro, sus asesores, su delegado del gobierno y sus subdelegados provinciales. No se sabe, pero costar nos cuestan un riñón. Mi temperatura va subiendo porque empiezo a pensar que se pretende entretenernos con mentiras y circunloquios. Cojo un periódico que me hace llegar un amigo y leo sobre el CIS de Tezanos según el cual los españoles estamos deseando que se imponga la censura a los medios de comunicación y seamos informados solo por los medios oficiales, o sea, los que maneja el gobierno. Esto ya lo conozco porque estuve en Cuba y créanme que no sirve como ejemplo de libertad de expresión, pero parece que queremos ese modelo para nuestro país. Dejo el periódico porque la temperatura de mi estado de ánimo se dispara, me paso a la tv a una de esas que ha hecho del odio su arma  para denunciar el odio de los demás, ahí me dicen que la curva va bien, que todo se está haciendo de cine y que nadie lo podría hacer mejor, anuncian gasto y más gasto sin aclarar de donde saldrá el dinero y oigo a dos ministros y un vicepresidente contradiciéndose sobre la renta social.

Gobierno esperpéntico, increíble y sin rumbo ni hoja de ruta. Apago la tele y continuo, camino del cabreo final. ¡A rezar¡

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