Reflexiones de Manuel Tato. Domingo de Resurrección sin huevo de Pascua

Manuel Tato

No es un domingo cualquiera, es Domingo de Resurrección, o de Pascua. Se va caminando a paso de procesión, la Semana Santa mas incomprensible  de todas las que hemos vivido a lo largo de nuestras vida, somos cautivos de un virus, que nos está cambiando la forma de vivir.

Se va y como las golondrinas de Bécquer, volverá el próximo año, no será la misma, pero al igual que las golondrinas, aunque otras, eran golondrinas las que anidaron en el balcón del poeta sevillano. Reflexionas y vives en la distancia del tiempo pretérito, momentos  grabados en la memoria de la Semana Santa, que este año nos faltó. Resistimos la tregua de la cuarentena, empieza a ser pesada, pero resistiremos Pucho y yo.

El aroma del aire es el del  silencio que susurra, no huele a cera de vela la calle. Los cirios no lloraron esta primavera. Tres días sin multitudes, sin noches de pubs, de iglesias vacías, sin ruido de tacones, porque las políticas, mucha mantilla española, pero ¡ojito!, con tacones cuando iban en las procesiones. Un año en la de Os Caladiños, el único silencio roto, era el de sus tacones.

Calles desiertas, tengo la suerte de estar acompañado por el ruido del agua que mana de la fuente de San Andrés, frente a mi domicilio. Cuando me asomo a la ventana y escucho su sonido, mi alma se relaja, es un abrazo a la sensibilidad que nos falta estos días, su sonido acompasado, es un balneario de paz y calma espiritual.
Anoche leyendo a Óscar Hijuelos. “Los reyes del mambo tocan canciones de amor” dejo de leerlo en la página 111, busco en mi teléfono móvil música, quería escuchar un bolero.
La música relaja y en su búsqueda suena la canción del trío Los Panchos “Algo contigo“. La música me lleva en el recuerdo a un año en donde el trío hacía su aparición en A Coruña concretamente en el Palacio de la Ópera.
Me emocionó al escucharlos y no pude evitar unas lágrimas, fluyó a mi mente una situación que tenía dormida en el cerebelo. Me acordé de mis padres que les gustaba su música, fueron muchas las veces que sonaron en casa de mis padres. Fui a El Corte Inglés  a comprar el doble álbum recopilatorio de Los Panchos, que en ese momento presentaban, era un regalo perfecto,  pero no quedó ahí, pedí un adelanto en el trabajo para comprale a mis padres dos entradas para dicha gala. La cara de felicidad es uno de los mejores recuerdos que guardo en la retina para siempre, una expresión de dulzura y la mejor recompensa, ellos sabían del gran esfuerzo que había hecho y sin lugar a dudas, volvería a hacer miles de veces. La satisfacción de ver a tus padres felices con dos entradas para escucharen directo a sus ídolos musicales, no hay precio que lo pague. Hoy echamos de menos sus abrazos.

Al principio fue una lágrima, luego y me siento orgullosos de decirlo, de mis ojos manaron cataratas, he llorado como lo hace un hijo, sea hombre o mujer, al recordar situaciones que ya no volverán.

Momentos como ese hicieron que, por un instante, los recordase a los dos juntos y enamorados, tiempos felices, que desgraciadamente no volverán.

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