RCD: Copa del Rey 95, parece que fue ayer

@otravezorsay

Han pasado ya 25 años del primer gran título del Deportivo. No parece que haya pasado tanto tiempo y sin embargo ya son cinco lustros. Del partido se ha escrito todo ya. Los goles de Manjarín y, sobre todo, el de la victoria de Alfredo, han sido glosados, contados y cantados sobradamente. Nunca me cansaré de verlos y revivirlos.

Fue una final única por varios motivos. Única por disputarse en dos actos repartidos en el 24 y 27 de junio de 1995. Por mucho menos de lo que llovió y granizó el 24 de junio que causó la suspensión del partido en el minuto 79, Dios le ordenó a Noé construir un arca. ¡Qué manera de llover!

En 1991 tuvo que arder parte de la cubierta de preferencia para acabar con el maleficio que impedía una y otra vez que nuestro Deportivo volviese a Primera División. Cuatro años después, en 1995, tuvo que caer el diluvio universal para que rompiésemos con el embrujo que nos impedía lograr un título oficial.

En 1950 fuimos campeones de liga durante casi todo el último partido que nos enfrentaba al Athletic de Bilbao en San Mamés, pero en los últimos suspiros de la jornada, el Atlético de Madrid nos arrebataba el título. En 1994, un año antes de lograr el título de Copa, el famoso penalti de Djukic, impedía que el Deportivo conquistase su primera liga. Así que, ¡bienvenido el aguacero que acabó con la maldición!

La vida, aunque no siempre es así, suele conceder segundas oportunidades. Para el Deportivo, la final de Copa contra el Valencia, el mismo rival que un año antes fue testigo en primer plano de nuestras lágrimas tras escapársenos una Liga que estaba reservada para nosotros, ofrecía una nueva ocasión de proclamarnos campeones por primera vez de una competición oficial.

Pero había alguien más a quien le ofrecía una segunda oportunidad. Unos años antes, en 1988, con el Dépor en Segunda División, un nefasto arbitraje de Soriano Aladrén en Valladolid, nos privaba de vivir nuestra primera final de Copa. Lo sucedido aquel día fue inenarrable e indigno. Uno de los jueces de línea de ese triste partido era García Aranda. A este juez de línea le correspondería resarcirse siendo el árbitro de nuestra primera final de Copa. Tuvo este  segundo momento para no hacer tan mal papel como en el primero.

Echando la vista atrás, recuerdo entre otras muchas cosas, el impresionante y ejemplar desplazamiento deportivista del sábado 24 de junio. Allí estaba todo el mundo. Y a mayores nos acompañaban hinchadas de Sevilla, Bilbao o Lugo. Nadie se quería perder el partido.

Antes del partido, todo era una fiesta y una celebración del fútbol. Nos sentíamos invencibles. Estaba el cosquilleo que produce la ansiedad y la incertidumbre que acarrea un partido así, pero nos sentíamos más duros y fuertes que el acero. Nada nos iba a apartar de la victoria.

Nos adelantamos en el marcador. El partido era nuestro. De repente el Valencia emergió, y comenzó a atosigarnos. La lluvia apareció. Mijatovic nos empató marcando de falta en la portería de enfrente a nuestra hinchada, y eso debió enfadar mucho a Dios, porque casi de inmediato descargó furioso todo su arsenal climatológico: lluvia que se clavaba en el suelo, bolas de granizo que parecían meteoritos, relámpagos, truenos y todo lo necesario para inundar el Santiago Bernabéu, suspender el partido y trasladar su desenlace a unos días después.

Una entrada para toda la vida. Una reliquia que se guarda donde los sentimientos se amalgaman

La inquietud se apoderó de muchos de nosotros. Teníamos que volver para A Coruña a falta de once minutos para el final del partido y no sabíamos lo que nos aguardaba.

Nos tocó regresar el martes 27 de junio. Esta vez no pudo venir todo el mundo que se había desplazado el 24.  Muchos nos decían que estábamos locos por volver. Que íbamos a hacer 600 kilómetros para ver un minipartido de 11 minutos, y que si perdíamos nos arrepentiríamos, etc…

Yo siempre respondía lo mismo: “TENGO que estar allí. No vamos a perder, y NECESITO verlo y vivirlo”. Así lo hice. Nunca me arrepentí. Alfredo marcó el 2-1 nada más reiniciarse el partido. Ganamos. Lo viví intensamente y fue uno de los momentos más felices que recuerdo en mi vida. Imborrable.

Fue el culmen de un equipo que había merecido ganar la liga un año antes. Fue una despedida redonda para un entrenador, Arsenio, que se retiraba. Y sobre todos ellos, nuestro presidente, Augusto César Lendoiro.

Él hizo posible lo imposible. Un ganador. Un creyente. Un mago. Transformó de arriba abajo en muy poco tiempo al Deportivo, el club de mi ciudad con el que crecí y del que soy hincha desde que tengo uso de razón.

Desde mediados de los 70, nuestra máxima aspiración era recuperar el sitio en Primera División. Lendoiro vino para cambiar nuestra historia y llevarnos a la cúspide del fútbol español. Vaya si lo hizo…  El título de Copa del 95 sólo era el comienzo.

¡Gracias por hacer realidad  el sueño!

 

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