Diego Calvo, discreto triunfador. Por Carlos Marcos

El éxito del PP del Galicia tiene nombre propio: Alberto Núñez Feijóo. Cuatro mayorías absolutas consecutivas no se consiguen por casualidad y, no olvidemos, laminando además a los otros partidos del centro derecha y a todo rastro de populismo de extrema izquierda que encontró su final precisamente en las tierras de Finisterre

Nadie con dos dedos de frente puede negar estas afirmaciones de la misma manera que nadie, desde el sentido común, puede pensar que Feijóo solo es el padre del éxito Popular. Los resultados en toda Galicia dejan indubitadamente claro que las organizaciones provinciales y locales del partido han funcionado con la precisión de un reloj suizo y que nadie escatimó esfuerzos para que las papeletas del PP llegaran hasta el último rincón de la compleja geografía galaica. No es cuestión menor, el propio Feijóo puso en valor a los cuadros de su partido la misma noche de la incontestable victoria del partido fundado por Manuel Fraga. Puestos a analizar datos, cabe destacar el resultado del partido azul en la provincia de La Coruña, donde se rozó el cincuenta por ciento del voto emitido y se creció un diputado al que todos los populares llamaron “el de la tranquilidad”.

El presidente provincial del PP coruñés es Diego Calvo, un hombre joven en el que ya se fijó el presidente Casado en su día para contar con él en las esferas del poder del partido en Madrid. Sin grandes ruidos Calvo, lleva varios años como diputado y hasta ahora formaba parte de la mesa del parlamento gallego. Antes fue presidente de la diputación coruñesa de donde salió muy bien valorado por los alcaldes de su provincia y sin mácula de duda sobre su gestión. Siempre en un segundo plano y dando protagonismo a los alcaldes por encima de su propia gestión, con una humildad a veces difícil de entender en medio de unas formas de hacer política en las cuales el último de la fila se apunta a inaugurar farolas con tal de salir en la foto. Cuenta en su haber con la recuperación de algunos valores del partido que habían abandonado las siglas por cansancio o por intentos infructuosos de hacerse un hueco con pequeñas siglas con fecha de caducidad.

Calvo supo levantar la vista y dejar atrás algunas “liortas” locales que restaban y que, al final, suspiraban por volver al cobijo de la gaviota, les hizo sitio y los puso a sumar, a remar a favor de la casa grande del centro-derecha que es el Partido Popular. Ahora, pasadas las elecciones y a la vista de los resultados, Calvo es la gran incógnita dentro de la familia popular, hay expectativa por ver si esta realidad de discreto triunfador se mantiene o si mueve ficha para posicionarse a cuatro años vista en la carrera sucesoria de un Feijóo que ya anunció que esta sería su última legislatura. Hay que decir, que solo Diego Calvo se ha atrevido a hablar ya de su interés en convencer a Feijóo para que olvide su retirada y renueve candidatura en 2024. Cuatro años en política es una eternidad, pero lo cierto es que los gobiernos de Feijóo se caracterizaron por incluir a técnicos de bajo perfil político que se centraban en la gestión global bajo la batuta del presidente y donde no se atisbaba ningún delfín que pudiera tomar el relevo en caso de la salida de Feijóo hacia Madrid o hacia la empresa privada de donde recibió distintas ofertas. Ahora cambia el panorama, el presidente parece decidido a acabar su carrera política en Galicia con esta legislatura y es necesario buscar en la cantera popular algún nombre que pueda aunar voluntades y mantener la unión férrea del PPG.

Son tiempos de reflexión, la conformación del nuevo gobierno deberá incluir posibles sucesores que se muestren en público y avalen su capacidad de gestión ganando tiempo y garantizando una transición tranquila y serena en el timón de la nave del Partido Popular. Calvo sabe que para ganar hay que sumar y no tiene mochila que le impida abrir las puertas a nuevas voluntades. Si entra en el gobierno, habrá que seguirlo.

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