No me preguntes como estoy. Por Carlos Marcos Blanco

Empresario

Pedagogo

No, porque hoy por hoy es una pregunta retórica. Estoy como todo el mundo, cabreado, entristecido, desanimado, desconcertado e incluso compungido. No se puede culpar a nadie, de momento, de habernos traído este puñetero virus que nos está robando la vida, pero aceptado esto con cristiana resignación si caben todas las preguntas y los reproches que se nos pasen por la cabeza. Hace ya algún tiempo, mucho, la desafección de la ciudadanía con la política es una realidad apreciable en cualquier tertulia de cualquier nivel, desde los intelectuales más acreditados hasta en la barra de un bar se escuchan las quejas dolorosas de personas que no perciben eficacia en la gestión de la cosa pública y que ven en la administración un enemigo indolente que nos vigila y nos persigue sin piedad.

Cuenten ustedes las cartas que reciben en su buzón, ya no son de amigos o familiares que les remiten noticias agradables y les cuentan sus experiencias desde la lejanía, no, la inmensa mayoría son cartas que les recuerdan que deben pagar impuestos, tasas, multas y sanciones para las que tienen un plazo corto y a las que deben de hacer frente o tendrán problemas. A esa desafección se suma ahora la pérdida total de confianza en nuestros gobernantes que, en situaciones tan extremas como las que vivimos acuerdan subirse el sueldo vía presupuestos generales del estado y nos dejan la cara de bobos mientras abrimos la última carta de nuestro buzón que nos informa de la subida del IBI, de los peajes, de los combustibles y de muchos otros impuestos.

El IVA del 21% de las mascarillas obligatorias debería avergonzar a cualquier gobernante, mientras nuestros vecinos portugueses pueden adquirirlas a precios irrisorios. Si en algo confiábamos todavía era en nuestra sanidad de la que presumíamos todos y era puesta de ejemplo en todo el mundo, pues bien un Real Decreto, el 29/2020, abre la puerta a que las enfermeras puedan realizar tareas de médicos, a que médicos sin la formación completada puedan ejercer en España, a que médicos de otros países sin títulos homologados puedan venir aquí a trabajar en nuestra salud y lo que es peor, a que doctores especialistas en patologías graves, puedan ser destinados a ventanillas de atención primaria en donde dedican más tiempo a tareas administrativas que a tratar pacientes, dejando, además, de seguir los tratamientos de sus antiguos pacientes cuya sanación está en proceso. Una locura en toda regla que, sin duda, costará vidas.

Los mayores preocupados, con razón, por el futuro de sus pensiones y jóvenes sin futuro más allá de convivir con sus padres bien superados los cuarenta años. En el medio los padres y madres de familia que sienten impotencia viendo a sus hijos sentados en el sofá horas eternas y cuyas miradas revelan frustración, eso sí, muchos de ellos con sus títulos universitarios colgados en la pared como recuerdo de sus esfuerzos baldíos. La economía no va bien, pero no la llamada macroeconomía, que tampoco, si no la familiar, la de llenar la nevera cada día y ya son apreciables las colas del hambre por toda España, familias enteras que desesperan con la única esperanza de la caridad. Los empresarios de hostelería arruinados y con sus negocios cerrados por orden gubernativa, mientras vemos por televisión eventos sociales plagados de políticos con canapés y champagne. Me cuentan que hace unos días Tamara Falcó, con su apariencia de inocentona, dijo en un programa de tv algo así como “ya está bien, si hay que morir se muere pero que no nos estén acojonando cada día”. No puedo estar más de acuerdo con ella porque lo que los gobernantes nos ofrecen no es vida, al contrario, es un sinvivir. ¿Qué como estoy me preguntan?

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