Viva el Rey Emérito!!! Por Iñaki Anasagasti

Ya no son Juancarlistas, ahora son Felipistas. El caso es mantener el statu quo sin que cambien nada y sin reconocer absolutamente nada. Las dos Españas que hemos visto hacer un spot diciendo unos y gritando otros, ¡Viva el Rey!. A alguno le faltó decir  levantando el brazo aquello de ¡Viva el Rey Emérito! que en paz descanse en Abu Dabi rodeado de huríes y aburriéndose como un oso en invierno.

Solo me ha chocado la presencia de uno en particular que quizás se ha visto obligado a ello por su puesto, pero en los demás solo veo servidumbre, mayordomía y una moral de embudo.

Hay gente que cree que dando comida de gato a un tigre éste se calmará. Lo digo porque veía salir de la sede  del gobierno vasco a los representantes sindicales de la educación y pensaba en esto aun comprendiendo la buena iniciativa del nuevo Consejero. Y es que hay cosas que no pueden ser y además es imposible que lo sean.

Algunos cuando dicen ¡Viva el rey!, quieren decir, VIVA EL REY, HAGA LO QUE HAGA… (tal y cómo podemos ver día a día en las noticias), ¡allá ellos!, nos quieren transformar en súbditos…, y ¿cómo va a ser esta monarquía española, la más moderna e incluso «semi republicana», cuando no dan cuentas, no se puede elegir entre monarquía y república, todo es opaco, son impunes y hacen política (esto es anticonstitucional, que luego los que se autodenominan constitucionalistas, nada dicen…)?

Lo mismo ocurre con la libertad de expresión.

Le escuché al presidente Sánchez responder enfático a la pregunta de un periodista en la sala de prensa de la Moncloa cuando éste le preguntó si sabía dónde  estaba el rey emérito. ”No, no lo sé y se quedó tan ancho”. A los días se supo que estaba en Abu Dabi y entonces lo supimos todos, como en su momento lo supo Sánchez. No se puede mover por el mundo un ex jefe del estado en un avión particular, con ayudantes, maletas, muletas, máquina de contar billetes, trajes, embajadores y policías sin que lo supiera el jefe del gobierno. Sánchez nos trató como a niños de  primaria.

Lo curioso fue que nadie se sintió ofendido por semejante cara de cemento  y también fue curioso que ningún periodista le replicara ni que otro le dijera que estaba mintiendo. Se da por bueno que mentir, como ha hecho Trump con el Covid 19 está permitido. Por lo menos en tiempos de pinocho a los mentirosos les crecía  la nariz y la gente sabía a qué atenerse. Aquí celebran que la mentira sea asumida con normalidad.

Añoramos aquel viejo periodismo que sin sustentarse en tesis complejas, respondía en cambio, al olfato de los reporteros que no se conformaban con el material dado por la fuente informativa. Hoy el fuentismo (cuyas manifestaciones son las ruedas de prensa, las redes, el  fax y el boletín) ha trastocado gran parte del contenido de los medios en mensajes estandarizados, como si fueran una camisa talla única. El reportero que emerge de estas prácticas es el portador de grabadora y micrófono, limita­do a recoger las mismas declara­ciones que sus compañeros de oficio, sin indagar si lo dicho es cierto o constituye una sarta de inexactitudes vertidas con el propósito de obtener prebendas económicas o políticas o simplemente ocultar la realidad y huir de la quema.

Esto es viejo. Le ha ocurrido a Trump y le ocurrió a Clinton confluyendo  una repugnante y peligrosa confluencia de cuestiones de ca­rácter público y privado.

El affaire de Clinton  se trataba  de algo más que de la vida sexual del presidente manos largas. Es sobre una forma de gober­nar que es tan imprudente y tan despec­tiva con la verdad y con el  ciudadano que hace inevitable escándalos potencialmente paralizadores. Es sobre el enga­ño como estilo de vida. La opinión pública puede no querer saber, pero tiene derecho a saber. ¿Se acuerdan cuando Clinton miró directamente a los ojos del pueblo norteamericano y declaró, con mucho énfasis: «No he tenido relaciones sexua­les con esa mujer, la señorita Lewisnky».

Las encuestas mostraron  que la opi­nión pública, en su conjunto, no le creyó como le había creído Hillary. Allí a su lado. Ni siquiera sus más íntimos amigos le creyeron pero la economía iba bien. Así que se supuso que se debía atravesar  entre las ruinas del naufragio moral que fue y  es la Casa Blanca de Clinton y  Trump  y encontrar esos fragmentos de la credibilidad presiden­cial que podrían haber sobrevivido para seguir tirando.

De ahí lo bueno de la libertad de expresión. Ojalá los monárquicos españoles hubieran sido más críticos con su rey y le hubieran atado más en corto ya que ese silencio cómplice más propio de la Sicilia medieval ha propiciado que al creerse impune e inmune hiciera de su real capa un sayo cochambroso .Y todo por falta de luz, esos rancios monárquicos y juancarlistas de ocasión han hecho más por la llegada de la III República a España que todos los republicanos con sus pancartas y su megáfono.

Sigo pensando que, en materia de libertad de expresión, siem­pre valdrá más pecar por exceso que por cualquier tipo de dulcificación, encubrimiento o incluso la censura. Y subrayo: siempre.

Pero también sigo pensando que los medios, cuando quieren volverse protagonistas de la política —por las ra­zones que sean—, deben hacerse cargo de las responsabilidades que eso supone. De lo contrario, aunque se anuncien como demócratas, no contribuyen realmente a la construcción de la democracia sino a ensanchar los caminos de la deformación de unos  hechos que prefieren  moverse entre los intereses inconfesables.

De  ahí a sostener, mi respetada marquesa  que La Causa Monárquica -así, con mayúsculas- justifica to­dos los medios, hay un abismo, que además tiene al fondo un lamentable pantano de lecturas equivocadas, conductas de gentes que dan comida de gato a los tigres y piensan que José Manuel Villarejo es todo un Comisario al servicio del sistema.

Menuda cloaca, majestad!!

 

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