La vida no sigue igual. Por Carlos Marcos Blanco

Empresario y Pedagogo

Desde que Julio Iglesias triunfara en Benidorm allá por 1968 con la canción La vida sigue igual, han pasado cincuenta y dos años. Parecía una canción eterna, inmortal porque generación tras generación se entonaba en múltiples ocasiones por jóvenes que, en muchos casos, no habían nacido en aquellos tiempos de los festivales de música que congregaban a millones de personas ante el televisor. Pero llegó 2020 y lo cambió todo. Cambió tantas cosas que algunos hemos puesto nuestra cabeza a pensar, un ejercicio de alto riesgo en estos tiempos en los que lo conveniente es seguir al rebaño dócilmente y renunciando a la propia Fe para circular por los caminos de lo políticamente correcto. Apartarte de ese camino puede tener graves consecuencias. Se impone el pensamiento único y el acatamiento ciego de cualquier norma. Estos tiempos no pasarán a la historia por sus grandes intelectuales y pensadores si no por personajes abyectos que la televisión se encarga de meternos en casa quieras o no.

Los que fuimos educados en valores nos estamos yendo. Aquellos que no dudaban en levantarse de su asiento en el autobús cuando llegaba una señora para dejarle un sitio son ahora machistas enfermizos. Aquellos que íbamos al colegio y sabíamos lo que no podíamos hacer, no contábamos con unos padres que se presentaban en la escuela para desautorizar a la maestra y llegar a humillarla, cuando un profesor nos castigaba era que, sin duda, algo habíamos hecho y los padres mantenían un contrato de complicidad con los docentes que mantenía intacta su autoridad ¡qué cosa! También nos estamos yendo porque nosotros hacíamos amigos en la calle y jugábamos p sin Tablet ni ordenadores, hablábamos y compartíamos lo poco que teníamos, pero éramos felices y la amistad duraba toda la vida. ¡Qué cosas tan raras! Nuestros padres y abuelos contaban con nuestro cariño y respeto y recurríamos a sus consejos con humildad y ansias de aprender. Créanme, en aquellos tiempos un apretón de manos cerraba cualquier negocio y los acuerdos eran cuestión de honor. Teníamos claro que superados los veinte años había que pensar en acabar los estudios o trabajar y extraños eran los jóvenes que, a los cuarenta años, seguían en casa de sus padres a la sopa boba y jugando con los juegos Reunidos Geyper.

Y digo bien, jugando, porque en aquellos tiempos las familias socializaban alrededor de una mesa camilla con un parchís, unas damas o un Palé, la unión familiar era una fortaleza, una zona de confort innegociable. Unos rezábamos y otros no, pero el respeto presidía nuestra convivencia y cuando un amigo enfermaba lo visitábamos en su casa para hacerle compañía. También teníamos diferencias y cuando había mucha tensión podíamos llegar a darnos unos puñetazos y tan amigos, las navajas eran para pelar fruta. Aprendíamos física y matemáticas a base de ejercitar la mente porque las calculadoras, pocas, estaban prohibidas. Bebíamos agua de las fuentes y nadie se intoxicaba y cuando aterrizábamos en el suelo, un poco de mercromina y unas tiritas nos ponían como nuevos. Nos estamos yendo y lo que viene no es mejor, no lo es, y hemos hecho bandera del egoísmo y el analfabetismo, concediendo éxitos rápidos a mediocres o “friquis” sin méritos ni cultura. Y para empeorarlo todo llegó el maldito virus que nos distanció y rompió ilusiones y proyectos y se está cargando a toda una generación de jóvenes que no ven su futuro por mucho que levanten la cabeza.

La clase media ha desaparecido y la pirámide social engorda por la base y profundiza en las diferencias. Nunca se habló tanto de solidaridad y nunca hubo tan poca. Los gobernantes no aciertan a empatizar con los ciudadanos que nos sentimos huérfanos de un estado que no está cuando se le necesita, de unos gobernantes cortoplacistas que consiguen más seguidores cuanto más se equivocan. Así la sociedad se polariza hasta extremos insoportables. No amigos, la vida no sigue igual. Piénselo.

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