Diecisiete Españas más otra. Por Carlos Marcos Blanco

Empresario y Pedagogo

Nunca imaginé tener que escribir sobre esto cuarenta años después de que Fernando Vizcaíno Casas publicara su libro “Las autonosuyas”. Una obra satírica que retrataba con humor el nuevo mapa político de España a la luz del recién creado estado de las autonomías. Pasados tantos años lo recordé por el lío monumental que tenemos montado con la pandemia y su gestión, supuestamente controlada por el gobierno central y gestionada por las autonomías y que nos ha llevado a diecisiete modelos distintos para enfrentarnos a un mismo enemigo común e indivisible. Para viajar hoy por España es imprescindible llevar un libro de instrucciones tan grueso que, difícilmente, cabe en un utilitario normal.

En cada ayuntamiento hay unas normas diferentes que permiten cosas distintas en función de criterios cuya paternidad está por descubrir. Tampoco coinciden las restricciones entre una comunidad autónoma y su vecina. Gobiernos regionales de todos los colores políticos coinciden en la necesidad de crear una hoja de ruta común que debiera ser vertebrada desde el gobierno central y, ante la incomparecencia de este, dictan normas que después el propio gobierno del estado les discute en los tribunales. Debemos reconocer que los presidentes autonómicos están dando la cara, con mayor o menor acierto, pero están al pie del cañón en la lucha diaria contra el virus. Por el camino quedan empresas y empleos y sectores demonizados sin datos objetivos que lo justifiquen. El cierre de la hostelería no responde a número de contagios en los locales que los datos oficiales cifran en un 2,4% de incidencia en los brotes surgidos. En unos territorios se cierra y en otros no. Lo que se pretende es cerrar lugares que faciliten a las personas salir de sus casas, pero claro, desde el sector se levantan voces que, con razón, dicen no comprender porque no pueden abrir mientras las grandes superficies comerciales aparecen abarrotadas en las imágenes que las tv nos muestran cada día.

Tras el anuncio de Sánchez el pasado año: “hemos vencido al virus” y la aparición de las vacunas, todos respiramos pensando que el nuevo año era el año de la tranquilidad, nada más lejos de la realidad. 2021 ha empezado mucho peor que su antecesor y las perspectivas no son nada halagüeñas. Por si fuera poco castigo el que tenemos sumamos además la incertidumbre de no ver a nadie al timón en el peor momento del maremoto y asistimos, perplejos, a un mundo de reproches cruzados que no nos solucionan ninguno de nuestros problemas. No es normal que el ministro que debe gestionar el virus sea, además, candidato a unas elecciones que parece que se van a celebrar en medio de este desbarajuste sanitario. El tal Simón, que dijo en su día que aquí tendríamos tres o cuatro casos de infectados, sigue siendo el portavoz del gobierno 80.000 muertos después y, sin rubor alguno, dice hace 12 días que la nueva cepa británica será marginal en España para autocorregirse hace dos días afirmando que en un par de meses esta cepa será responsable del 50% de los contagios. Por su parte, el presidente Sánchez lleva callado unas semanas como si la pandemia no fuera con la globalidad del país que preside y celebrando la derrota de Trump que, lamentablemente, poco va a influir en la resolución de la pandemia en España.

Ahora el lío está en unos jetas que se cuelan en las vacunas y que, al ser descubiertos, unos dimiten y otros no, un poco como los pimientos de Padrón y también en unas jeringuillas que el gobierno no compró para todos los españoles y que optimizan el número de vacunas que podemos dispensar. Así, podemos concluir que tenemos a diecisiete presidentes autonómicos bregándose contra el bicho cada día en esas diecisiete Españas que estamos sufriendo y a uno que no está, y se le espera, pero que parece vivir en otra España, en la “Españasuya”, que no debe de ser la nuestra.

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