Hay que blanquear al responsable del 23F. Por Iñaki Anasagasti

Es evidente que la celebración del cuarenta aniversario del golpe de estado del 23F se les ha chafado. Más que hablar de las cuatro décadas transcurridas todo gira sobre la ausencia del rey en los actos del Congreso y en ese intento de blanquear su figura se nos dice que fue quien salvó a la democracia aquel día y que todo lo posterior, granujerías, comisiones, cacerías, doble vida etc., son borbonadas sin mucha importancia. Ayer el diario El País a través de un catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, Juan Francisco Fuentes, se metía conmigo a cuenta de que yo no podía demostrar la implicación del rey en el golpe de estado. Todo un honor.

¿Acaso han dejado investigar este asunto?. ¿No son suficientes libros de enjundia que dan pelos y señales de la frivolidad de Juan Carlos que ante la legitimación de Adolfo Suárez, tras las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977, los atentados de ETA contra militares y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, la voladura de UCD y los actos en la casa de Juntas de Gernika  le encargaron al general Armada para que diera “un golpe de timón”, así se llamaba la operación y encabezara un gobierno de concentración que desandara  el camino autonómico transitado por Suárez.

Afortunadamente aquello fue una gran chapuza y estéticamente algo propio de la España cañí tan impresentable que no les quedó más remedio al rey que desandar el camino andado gracias a los reflejos del general Sabino Fernández Campo aquella noche aciaga donde tardó tanto en salir a la opinión pública. De haber sido por él, hubiera recibido en la Zarzuela a su antiguo preceptor Armada y la lía parda.

En una recepción en el Palacio Real, Antonio Carro, que había sido ministro de la presidencia con Carrero Blanco me dijo ”El culpable del 23 F fue éste” señalando al rey. ”Se dedicaba a criticar durísimamente a Suárez, a tener relaciones de gran campechanía con militares golpista, de tener una relación casi diaria con Armada que hizo que forzara el nombramiento de éste como segundo jefe del estado mayor, en contra de Suárez.

En este cuarenta aniversario se le quiere blanquear, sin dejar que los historiadores investiguen de verdad que pasó en los días previos y esa tarde de marras, de hecho, la conocida como trama civil está sin tocar. Hay que continuar con el cuento chino del rey salvador de la democracia. Aunque sea mentira. Y, de eso, nada, absolutamente nada.

La Operación Armada comienza a quebrarse por «un problema de estética, una operación que se suponía palaciega no podía incluir aquellos gritos, aquellos empujones a un hombre, teniente general, ya mayor, al que ni siquiera se derriba y, sobre todo, aquellos disparos… Ésa no era una imagen aceptable para que nadie se prestara a liderarla

El juicio de campamento

Cuando ya está muy avanzado 1981, el comandante José Luis Cortina y el capitán Vicente Gómez Iglesias pasan a ser detenidos. En el entorno del primero se dice que se los acusa porque son la vía que «lleva al Rey», vía que eligen los abogados defensores de los acusados para exonerarlos de culpa a través del atenuante de «la obediencia debida»; los encausados, así, se hubieran limitado a cumplir «órdenes» que venían de la Zarzuela. Es cierto que durante la causa, inútilmente, los abogados defensores y los encausados intentarán demostrar que el rey es «la pieza que falta» en el puzle del golpe.

La investigación judicial del 23-F distó mucho de ser ejemplar. Y, sin duda, en ello tuvo que ver no poco aquella decisión que se tomó en los días inmediatamente siguientes al fracasado golpe: implicar al menor número de militares posible y a ningún civil, como si nunca hubiera habido otra «trama civil» que la que representaba el falangista García Carrés en absoluta sole­dad. El que a menudo los eventos cruciales de la trama se desarrollaran en conversaciones con tan sólo dos protagonistas, es decir que acababan reducidas a un «yo digo, tú dices» sin, por tanto, valor probatorio, aún hizo más difícil desentrañar un laberinto en el que a veces parecía que lejos de derribarse muros, lo que se hacía era añadir nuevos rencores.

Y como punto final ni Sabino Fernández Campos compareció ni los Directores de los Medios trataron para nada el asunto de la implicación del rey.

Todo esto, como se ve, es vergonzoso, nada edificante, pero muy demostrativo del reinado de Juan Carlos de Borbón que celebra este aniversario en Abu Dhabi, allí huido, por su frivolidad, su corrupta vida privada y la suma de sus errores, el mayor de ellos, el del 23 F, algo gravísimo en la historia de España que se quiere blanquear.

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