Las balas que duelen. Por Carlos Marcos

Empresario y pedagogo

La izquierda centrada y la extrema izquierda han mostrado su inmenso dolor por las cartas recibidas por Marlasca, Gámez y Pablo Iglesias

Estas contenían, además de amenazas unos casquillos de bala sin percutir. Solo un descerebrado puede realizar tal acción y para denostarla no hace falta ser izquierdoso, con ser demócrata y tener sentido común para mostrar desprecio por este tipo de acciones, sobra. Dicho esto, y escuchando los gritos desgarradores fundamentalmente de los seguidores de Iglesias por la amenaza recibida, cabe también mostrar sorpresa por las declaraciones del propio Pablo en la sede de la cadena SER donde dijo: “espero que esta amenaza sirva para llenar de votos democráticos (se refiere a los que van para el) el próximo día 4”. Es decir, Pablo Iglesias entiende que esas balas le pueden servir de espoleta para mejorar sus deterioradas posiciones demoscópicas el día de las elecciones de Madrid.

Tan despreciable es la intención de quien amenaza como de aquel que busca rédito político de este inadmisible hecho. No solo esto si no que además lo ocurrido le sirvió a Iglesias para montar el número en un debate para engordar la noticia y cobrar algo de protagonismo en una campaña en la que está difuminado. Por tanto, el descerebrado que hizo ese absurdo envío pudo tener, al menos, dos motivaciones, la más evidente amedrentar a Iglesias y la otra, muy torticera la verdad, darle tres cuartos al pregonero para que tome oxígeno en esta campaña.

Pero cabe además otra reflexión, estas balas vacías no tienen comparación con las que enviaba ETA, estas no iban por correo, se transportaban en cargadores y se dirigían a la nuca de servidores públicos, empresarios, políticos (de no todos los colores) y se cobraban vidas, viudas y huérfanos que, con el tiempo, se nos van olvidando. A ellos no. Los que formaban parte de esa banda asesina, algunos de ellos, pisan ahora moquetas de parlamentos democráticos y alguna extrema izquierda asilvestrada, llegó a proponer un Nobel de la Paz para un tal Otegui, etarra condenado que en la actualidad presume de su influencia en el gobierno de España. Es imposible olvidar al ahora amenazado Iglesias fotografiándose con Arnaldo Otegui para regocijo de los suyos, o a los diputados de Esquerra republicana aplaudiendo al terrorista cuando participaba en un acto electoral de esa formación en Cataluña en el que participaba también, por cierto, el Bloque Gallego.

En el mejor de los casos, las balas de ahora amenazan, las otras mataban. Las de ahora les duelen a quienes no les dolían las de ETA, a otros nos duelen todas porque creemos en la concordia que emanó de la Constitución del 78. No debe haber balas buenas y malas y menos en manos de asesinos.

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