Fujimori reconoce su derrota, pero Maduro y Castro, no. Por Iñaki Anasagasti

No seré yo quien defienda el mandato autoritario del presidente del Perú, Alberto Fujimori quien con su siniestro policía Montesinos conculcó derechos fundamentales de los peruanos. Su entrada en la embajada tras aquel largo secuestro, su manejo del poder, su huida al Japón y su actitud dictatorial frenó el desarrollo democrático peruano. Su hija Keiko quiere borrar el pésimo recuerdo de su padre pero sigue sin poder remontar losa tan pesada y se ha resistido, como gato panza arriba, antes de reconocer el triunfo electoral del nuevo presidente Castillo, representante de la izquierda de aquel país que ha ganado por poco, pero ha ganado y ayer tanto el Consejo electoral como Keiko Fujimori han reconocido el triunfo y Castillo gobernará durante cinco años el Perú.
No fue el caso de Bolivia que ganó la izquierda, el partido de Evo Morales, y lo primero que hicieron los vencedores fue encarcelar a la presidenta que había convocado unas elecciones tan democráticas que ganó la oposición.
Todo ésto es impensable en Venezuela, Cuba o Nicaragua porque no hay elecciones democráticas, el Consejo Electoral es correa de transmisión del ejecutivo, no hay separación de poderes, se persigue la disidencia, se la encarcela y no hay forma democrática de que dejen el poder tras haber perdido.
La democracia peruana y la colombiana no son perfectas pero la alternancia es posible, algo que en los regímenes como los dictatoriales enunciados es imposible.
A ver si de una puñetera vez los votantes de Sortu y los periodistas vascos fascinados por las dictaduras latinoamericanas las comparen y lleguen a la conclusión que votar a un comunista es votar a alguien que jamás vas a sacarlo de su silla ni con agua hirviendo.
Comparen Perú y Colombia con Cuba o Venezuela y sean honestos en reconocer la realidad.
Sé que no lo harán porque todos ellos al profesar una ideología totalitaria jamás podrán entender que en democracia nadie tiene toda la razón y que amarrarse a la silla o pasar la vara de mando de un hermano a otro tiene el feo nombre de dictadura.

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