España: Una violación cada cuatro horas. Entre la inseguridad y la impunidad. Por José Manuel Dapena Varela

Abogado

Los datos publicados por el Ministerio del Interior esta semana revelan que en España cada cuatro horas (seis veces por día) se denuncia una violación (agresión sexual con penetración). Pongan en marcha sus cronómetros.

Los datos no corresponden a un país tercermundista, perdido de la mano de Dios, sino al nuestro, a la sociedad en la que vivimos nosotros con nuestras familias. Estas cifras no nos pueden parecer ni normales, ni admisibles. A cualquier persona de bien esta realidad le debe enervar el espíritu, le debe sublevar la conciencia.

Estas cifras se conocen, además, de modo casi coetáneo a una brutal violación sufrida por una joven de 16 años en Igualada (Barcelona). Una violación cuyos detalles, escalofriantes, desgarradores, me han revuelto por dentro, me han sobrecogido y enfurecido de modo considerable, ante el salvajismo con el que unas bestias con forma humana se han ensañado con una cría menor de edad, abandonada a su suerte y descubierta por casualidad por un transportista, desnuda e inconsciente, después de haber sido torturada y agredida sexualmente de manera atroz. Una vida truncada.

No he hecho un seguimiento en los medios informativos y no sé si esta brutal violación de una joven de 16 años en Igualada fue portada en algún periódico, o si abrió algún informativo en la televisión. ¿Está nuestra sociedad encallecida, adormecida, amordazada…? ¿Qué pasa en ella para que puedan suceder estos horribles crímenes? Una sociedad, repito, donde cada cuatro horas se denuncia una violación, según las estadísticas.

No es de extrañar que el miedo de las mujeres en la calle vuelva a agudizarse. Fue motivo de mofa aquello de “sola y borracha quiero llegar a casa”, cuando ha de ser así: cualquier mujer, se vista como se vista, sea la hora del día o de la noche que sea, se encuentre más o menos achispada, ha de poder pasear por la calle e ir a donde desee sin miedo ni amenaza a ser molestada o agredida.

Las ideologías que niegan la violencia sexista y cuya principal preocupación, en un caso como el mencionado, es estar pendiente de la procedencia de los criminales, en el fondo banalizan el problema de las agresiones sexuales y del machismo, al rechazar la mayor.

Como pernicioso igualmente resulta, en este contexto, no priorizar ni jerarquizar los problemas y diluir esfuerzos en debates sobre el sexo de los ángeles y el género de los astros, disfrazando incluso esos etéreos debates de supuesta defensa de las mujeres y el feminismo. Flaco favor hacen quienes así actúan desde las instituciones y las tribunas públicas.

Frente a monstruos sociales y misóginos estentóreos, no avanzar es retroceder. Las sensaciones de inseguridad y de impunidad crean también peligrosos monstruos.

Las condenas enérgicas y grandilocuentes, las pancartas, las concentraciones, las manifestaciones de repulsa…, son elementos relevantes a efectos de poner el foco en el problema: lo que no se ve, no existe. Pero por sí solos no son suficientes. Han de venir van acompañadas estas acciones de medidas concretas y de políticas que comprometan a la totalidad de los partidos y de la sociedad, sin constituir un arma política arrojadiza.

Para crear una sociedad igualitaria y justa queda mucho por hacer y hemos de hacerlo todos juntos, todas juntas. Extiendo mi mano. Extiende tú la tuya.

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