La foto que Roger Federer no quiere que veas

Roger Federer ha sido catalogado, más de una vez, como un robot: alguien que parece inmune a las presiones del juego y logra abstraerse, completamente, de todo lo que sucede fuera de la cancha: en cada partido, para él, solo parece existir una determinación feroz por ganar que, paradójicamente, no se contagia a su carácter: ni estallidos de furia, ni gestos agresivos, ni insultos. Nada.

Según personas que han convivido con él no es una simple postura para ganarse a la prensa sino una actitud personal, una mezcla de determinación y frialdad que le permite colocarse por encima de cualquier situación y manejar todos los inconvenientes con una sangre fría absoluta.

Sin embargo, aún incluso una persona tan disciplinada y correcta tiene comportamiento lógicos y naturales en un ser humano, y Federer lo demostró en Miami, donde se encontraba jugando el abierto 2017 en compañía de su mujer, la sonriente y maternal Mirka, y sus cuatro hijos.

Aprovechando la cercanía de su hotel con la playa, el tenista y su familia tomaron sol, se relajaron y disfrutaron la tibieza del mar entre los pedidos de los turistas que se acercaban para solicitar un autógrafo, pedidos que Federer siempre respondió con la cortesía y el aplomo que lo caracteriza.

El momento incómodo ocurrió cuando el tenista, en uno de esos escasísimos momentos en los cuales baja la guardia, fue capturado metiéndose un dedo en la nariz, una situación que confirma que, como dice el antiguo dicho, “todos somos humanos, demasiado humanos”. Incluyendo Federer, el más intachable de todos los deportistas.

Autor: Hernán Martín

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