Mónica y el olor a chamusquina. Por Francisco Morán

Esta misma mañana, en twitter, el gran abogado penalista, José María de Pablo (@chemadepablo), volvía a poner, una vez más el dedo en la llaga sobre un tema que es constante actualidad y atropello en este país, cual es la presunción de inocencia, en lo que se supone que es un país en donde el estado de derecho está más que implantado y consolidado.

https://twitter.com/chemadepablo/status/1539524956240986112

El caso que nos ocupa, el de Mónica Oltra y su presunto encubrimiento de un delito cometido por su ex-pareja, es un ejemplo más de cómo en España, la pulsión cainita y destructiva nos lleva a enarbolar la tea encendida y a apilar leña al menor indicio de falta o delito  del prójimo. La Pena de Telediario,  que tan brillantemente definió en su día Joaquín Leguina, campa hoy más que nunca a sus anchas en un país cada vez más polarizado en la defensa tribal y cada vez más irracional de ideologías, actitudes y/o comportamientos; sin apenas pararnos a pensar en unas reglas de juego que, si no nosotros mismos, las generaciones que nos antecedieron, se dieron para sí y para los venideros de respeto a las reglas de juego y a los demás.

Aquella de frase que Monseñor Tarancón, en la homilía que pronunció con motivo del inicio del reinado de Juan Carlos I, «pues nos urge hacernos prójimos de todo hombre», yace sepultada en medio de no sólo la indiferencia e ignorancia que producen el olvido de nuestra propia historia, si no de la defensa histórica e histérica a veces de planteamientos y argumentos que, con una mínima reflexión, nos harían ver que muy posiblemente, no tengamos razón. En este momento de la historia que nos toca vivir, la urgencia, el repentismo, que tan bien definió en su día David Gistau, asuela cualquier atisbo de diálogo y de defensa de unas reglas del juego que nos dicen que la presunción de inocencia de todos es uno de los pilares que sustentan no sólo nuestro ordenamiento jurídico, si no también la base de nuestra convivencia en tolerancia, respeto y paz.

Quien esto escribe hace suyas las palabras del gran penalista José María de Pablo y espera, quizás en vano, que de una vez por todas, la tea, la pira y el olor a chamusquina, que decía Fernando Fernán-Gómez como el Gran Inquisidor en El Rey Pasmado, sean parte de la Historia y no el deporte nacional o el gen defectuoso de este gran país en el que vivimos.

Así sea.

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