Bienestar o ansiedad. Por Carlos Marcos Blanco

Empresario y Pedagogo Por mucho que se diga en la sala de prensa de Moncloa esto no va bien. Vemos a ministras (y ministros) hablando de lluvias de millones de Europa, de subvenciones, de cheques a jóvenes del “tope del gas” y de toda una retahíla de anuncios gubernamentales que cualquiera que los oiga parece querer dar la impresión de que nadamos en la abundancia. Frecuentemente recuren al “estado de bienestar” para convencernos de que vivimos en el paraíso y es entonces cuando nos miramos al espejo y no nos reconocemos. O los gobernantes viven en otro país o desconocen nuestra realidad a niveles preocupantes. La gente del común, como le gusta decir a la izquierda más radical, no está viviendo bien, lo está pasando fatal. Cada mes crecen las facturas y los costes de todo. La cesta de la compra está imposible, la luz también y los carburantes igual.

En el tiempo coincide el debate de los presupuestos generales y entonces nos recuerdan que hay ministerios que ni sabíamos que existían pero que manejan millones de dinero público, otras partidas nos descubren gastos absurdos que, en estos tiempos, duelen más. Curiosamente cuando la moral del pueblo está por los suelos, el gobierno saca siempre el comodín de Franco y ahora pretenden centrar nuestra atención en nuevos desenterramientos de personas que participaron en el anterior régimen y que teníamos más que olvidadas pero que el brazo mediático del gobierno, con toda su potencia que es mucha, nos devuelve a la guerra civil española para lidiar rencores y odios que muchos habíamos dado por superados allá por 1978 cuando se aprobó nuestra Constitución y todos los españoles nos dimos la mano para recorrer juntos el camino de la España democrática. Decían nuestros mayores que cuando había alguna crisis durante el franquismo, aquel gobierno se apresuraba a televisar algún partido de fútbol para cambiar el foco. Ahora el fútbol es de pago y calculo que alguien pensó que era más barato desenterrar restos humanos para despistar a la ciudadanía.

Supongo que en otros momentos podrían conseguir sus objetivos, pero con la que está cayendo no despistan a nadie. Han volado el espíritu de la transición y están reavivando odios impostados mientras los penitentes ciudadanos centramos toda nuestra atención en resolver las facturas del próximo mes. Vivimos en estado de ansiedad permanente y esto necesita un diagnóstico porque no es normal que la inmensa mayoría social comparta esta dolencia al mismo tiempo y sin la más mínima empatía del gobierno. Uno gusta de tomarse un café y escuchar a los compañeros de barra para tratar de entender tanto sufrimiento y, curiosamente escucho algo con frecuencia que me llama la atención: muchas personas dicen haber desconectado de los informativos, de las noticias de los medios. Cambian de canal o apagan la tele con tal de ahorrarse la larga lista de desgracias que nos anuncian cada día. Esto refleja el estado de ansiedad que padecemos y compartimos. Es una especie de política del avestruz para protegernos de algo que nos hace daño. Aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente” vuelve a nuestras vidas como bálsamo. Lamentablemente las cosas van a seguir pasando y afectándonos, pero a este paso, dejaremos de abrir al buzón para no ver las facturas. Da igual, cuando nos corten la luz ya nos enteraremos.

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