Zarautz: aplastemos al nacionalismo y a los nacionalistas

Me gustan las fotos en blanco y negro y ésta tiene su miga. Está sacada en la Plaza de la Música de Zarautz. Por detrás está escrito a lápiz “Juventud  Vasca de Bilbao 1932”. Deduzco es una de las muchas excursiones que organizaban para conocer el país, fomentar el euskera, hacer acto de presencia y meter ruido. Como decía Irujo, aquello era un horno del nacionalismo. Sosteniendo  arriba la bandera de los Mendigoizales está mi aita, casi al mismo nivel que una chica en el balcón. Podía haber sido mi ama, pero no lo es pues la familia llegó en 1935 con mi aitona, director del banco Guipuzcoano, sucursal que estaba debajo. Ellos vivieron arriba y de arriba fueron sacados y expulsados de mala manera cuando entraron los falangistas y requetés en la Villa en septiembre de 1936. Normal. Era una familia abertzale que militaba en todo lo militable en la época y mi aitona, al recibir la indicación de llevar los depósitos bancarios a Bilbao, para tener circulante, se va con los dos hijos y deja a su mujer y tres hijas en Zarautz, pues no tenían nada que temer. Se trataba de una Cruzada. Ya, ya.

El antiguo convento de las Clarisas de Zarautz, tras siglos funcionando como convento y albergando a un grupo de monjas  clarisas, pasó en 2017 a manos municipales. Es un conjunto de edificios, emblema de la localidad y que quedó oficialmente inaugurada su función pública con un concierto del Ciclo Musical este pasado mes de agosto, amén de visitas guiadas. Tras 500 años viviendo en el lugar, las religiosas, que por aquel entonces vivían en Santa Clara, se trasladaron al monasterio de Oñati. En buena hora. Menos  mal que la compra la hizo el ayuntamiento pues la extensión ronda los 12.000m2 de ellos 4.500 están edificados por la Iglesia, el convento en torno al claustro y cuatro edificios contiguos menores. Una pera en dulce para construir edificios y más edificios.

Imanol Aldabaldetreku, nacido en el exilio de sus aitas de México, pertenece a una familia zarauztarra de las de toda la vida, Muebles Arruti, que por razones de la represión a la entrada del ejército invasor tuvo que exiliarse  y que  en su jubilación, trata de rehacer la historia de su familia y del pueblo y en ella aparece mi familia. Esto, unido a que mi amona estuvo encerrada nueve meses con otras 22 mujeres en el Convento de las Clarisas me hizo pedirle a Joxe Joan González de Txabarri si podía gestionar que los cuatro hermanos pudiéramos conocer el lugar donde encerraron a la madre de nuestra ama. Hizo la gestión y el pasado 9 de noviembre estábamos en la Plaza de la Música viendo imaginariamente la fotografía que se había obtenido en ese mismo lugar, pero hacía noventa años. Amablemente nos recibieron los concejales de Zarautz del PNV, Irune Urbieta e Iker Basurko, el presidente de la Junta Municipal  Joaquin Landa, Joxe Joan González de Txabarri, Gorka Landaburu, Peru Bazako, e Imanol Albdabaldetreku. Quedamos abrumados por su amabilidad y de allí, como Txabarri tenía interés en que conociéramos la historia de Zarautz  viendo los tres cementerios medievales, una necrópolis del siglo IX al IV que descubrieron cuando iban a poner la calefacción en la Parroquia de Santa María, allí nos fuimos. Ander, el guía, con una gran elocuencia, nos ilustró sobre la historia de Zarautz en menos de una hora pues teníamos que llegar al convento de las  Clarisas donde la concejala de Cultura Irune Urbieta, con gran simpatía, nos enseñó toda aquella imponente edificación, cargada de historia y de misterio e incluso el lugar donde ella iba una vez al año, con todos los niños  en procesión a visitar a la Virgen Dormida, una de las tres que hay en toda Europa. Por cierto, es preciosa.

Estallada la sublevación militar en 1936, cuando la familia vio las cosas mal, decidieron ir a un caserío de Aizarnazabal. Itziar, mi ama, volvió con su padre a Zarautz para hacerle la maleta. Las autoridades vascas lo llamaban a Bilbao y allí se fue con dos coches de custodia. Volvieron al caserío. Vieron como llegaban las tropas sublevadas. Las mujeres estaban asustadas. La madre les dijo que no salieran de casa. Venían contra los nacionalistas y decidieron cambiarse los nombres para no sembrar sospecha. Tenían las tres nombres de vírgenes vascas: Itziar, Arantzazu y Begoña. Alguien vino a avisarles que saqueaban su casa. Un requeté les consiguió un vehículo para volver a Zarautz. Con el padre y los dos hermanos huidos, las tres mujeres tuvieron que comparecer ante un arbitrario juzgado que les reclamaba el por qué se habían llevado al caserío de Aizarnazabal ropa blanca. Decían que la habían robado. «¿Cómo la vamos a robar si es nuestra?. ¿No ve usted las iniciales?». Estaban solas ante un terrible peligro.

Les dijeron que iban a organizar en Zarautz una misa de campaña y que, como vivían en la plaza del Ayuntamiento, tenían que poner en el balcón la colgadura con la bandera española. La ikurriña había sido proscrita.

A, la madre, mi amona la detuvieron y llevaron al convento de las Clarisas  con otras 22 mujeres. Su delito era el ser la esposa de un nacionalista que había obedecido al Gobierno Vasco así como madre de dos activistas  nacionalistas. La recluyeron en el Convento de Santa Clara, habilitado como cárcel, junto a otras 22  mujeres. Fue el motivo de nuestra visita a Zarautz. Tratar de conocer el lugar de reclusión.

Por las noches subían al tercer piso a dormir en casa de Nicolás Ugarte, padre del pintor Julián Ugarte. A la pequeña, Begoña le llevaron a la casa de la familia Yeregi. Las hermanas iban a llevarle la comida a su encarcelada madre que estaba en el convento, dándose la circunstancia de que se quedó sola ya que, las mujeres nacionalistas encarceladas, fueron poco a poco iban siendo liberadas. Ese recinto fue el que vimos en la visita del 9 de noviembre. Está desmantelado y tiene un aspecto tétrico. A Itziar, mi ama, le obligaron a coser camisas para los sublevados. Cada vez que éstos entraban en un pueblo, con espíritu de conquista, organizaban fiestas en la plaza de la localidad. Todo esto lo vivían sin noticias de su padre y sus hermanos y en total indefensión.

Sin embargo Itziar, mi madre, no pensaba que los llamados liberadores se ensañaran con ellos como al final lo hicieron y, por eso con sus amigas, Yeregi, Lide Arostegi, Areizaga decidieron salir. Total, si algo les iba a ocurrir, les ocurriría lo mismo en casa que en la calle. Y se fueron a la calle Mayor. Fue a la peluquería y allí le recriminaron que fuera nacionalista, achacándole que su padre y hermanos estaban fuera. Aquello no tenía buena pinta. Pasando frente a un bar, donde estaban los falangistas, le dijeron que le buscaban a ella. Le ordenaron subiera al primer piso. «Siéntate ahí». Le hicieron un interrogatorio. «¿Dónde está tu padre?. ¿Dónde están tus hermanos?. ¿Qué has dicho en la peluquería?. Uno de ellos le dijo a dos falangistas: «cumplir la orden». Cogieron las tijeras y le cortaron el pelo al cero. Itziar lloraba desconsoladamente. Era el 29 de setiembre de 1936. Día de San Miguel. «Como sigas llorando -le dijeron- te daremos aceite de ricino». Toda su vida recordó esa fecha.

Cuando llegó a su casa, su hermana Arantza viendo aquella barbaridad le dio un ataque de nervios, aunque fue peor cuando volvieron a visitarles para decirles que querían llevarle a la Misa de Campaña, como si fuera  una mascota. Llamaron al médico Arozena. Este le dio un calmante, que no le hizo efecto alguno, y le recomendó se metiera en la cama y no se levantara. Acudieron donde un fraile franciscano, el padre Garmendia. Este logró que no fuera humillada nuevamente con semejante aberración hecha además en nombre de la religión. Sin embargo empezaron los asedios.

Un mal día tocaron la puerta. Vivían en el  piso que daba a la Plaza de la Música y que se ve en la foto. Era un guadia civil  de cierta edad. Itziar tenía puesta una boina para tapar su cabeza rapada. El guardia civil  le pidió pasar pues tenía que preguntarle algunas cosas. Dentro le dijo: «me dicen eres la más bonita del pueblo y quiero verte como te ha quedado la cabeza. Quítate la boina». Itziar dijo que no. El guardia civil  fue hacia ella. Comenzaron a dar vueltas alrededor de la mesa. En eso llegó su hermana Arantza. El guardia civil se fue. Al día siguiente vinieron otros. Les gustó un cenicero. Se lo llevaron. Vieron la colección completa de Julio Verne. Dijeron que eran libros peligrosos. Se los llevaron. Otro día le llamaron al Cuartel. Un tipo mal encarado le dijo que sabía que su madre estaba enferma y en malas condiciones en el convento de las Clarisas. Sabían que le llevaban la comida de casa todos  los días pero que eso podía tener arreglo. «En sus manos está que su madre vuelva a casa. Venga usted esta noche a cenar conmigo un buen plato de angulas de Aguinaga» le dijo aquel tipo asqueroso.

«A ese precio, no», le contestó. Y se fue.

Viviendo nueve meses en esas circunstancias tan precarias, un día el coronel les llamó al cuartel para decirles que habían sido expulsados de su propio pueblo. Porque si. Era la ley de la fuerza de los vencedores en una guerra. «Quedan ustedes despachadas, elijan donde van. Y además se van a pagar ustedes su viaje de expulsión». Contestaron que podían ir a Etxarri Aranaz, pues allí vivía un familiar. «Eso es lo que vosotros quisierais. Etxarri Aranaz está al lado de la frontera y lo que vosotros buscáis es escaparos. Ni hablar», contestó aquel déspota.

«¿Y a Pamplona?». «Ahí si, que es zona nacional» -replicó. Y llegaron a Iruña la madre con las tres hijas y con lo puesto en una ciudad sometida al terror de aquel general llamado Emilio Mola Pero esa es otra historia que termina con una fuga organizada por mi aitona con contrabandistas y pasando por monte. Las gentes del PNV les ayudaron a sobrevivir.

Todos esos recuerdos se nos agolparon en la visita que hicimos. Mi tía Begoña no quiso ir. Tiene 96 años y lo pasaron tan rematadamente mal que no nos dijo que no  quería revivir aquel horror. Nunca nadie les ha reconocido ni devuelto nada, habiendo utensilios que finalizaron en el Palacio de Narros, salvo Joxe Joan González de Txabarri, que siendo diputado en Madrid, organizó una charla en el antiguo batzoki  y al final de la misma le dio a mi ama un hermoso  ramo de flores que agradeció con emoción.

Esa fue la visita que hicimos los cuatro hermanos a Zarautz, el 9 de noviembre, 90 años después de esa foto en blanco y negro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.