Llega Semana Santa y las calles se llenan. No de creyentes, no de fieles. Se llenan de actores de tercera que se creen en Broadway por llevar una vela o por seguir una talla de madera entre sollozos impostados. Gente que no pisa una iglesia desde que su madre los llevó a rastras para hacer la primera comunión, si es que la hicieron. Porque esa es otra: muchos ni han bautizado a sus hijos, ni los llevan a misa, ni saben rezar ni les importa. Pero eso sí, cuando pasan los pasos, se les caen las lágrimas como si les estuviera resucitando Cristo en la cara.
Lloran, sí. Pero no por fe, sino por costumbre. Por el folclore. Por la foto en Instagram. Porque queda bonito el drama, porque es estético llorar bajo el capirote, aunque no sepan ni quién fue el Evangelista ni por qué se canta el Miserere . Son figurantes de una obra religiosa sin guion, sin alma, sin convicción. ¿A cuántos de esos que gritan “¡Viva el Nazareno!” los verás un domingo en misa? A ninguno. Pero si les tocas la procesión, se te echan al cuello como si hubieras escupido en la Sábana Santa.
Y lo peor es que han convertido la fe en turismo emocional. En una especie de feria del dolor plastificado. Se reparten papelitos con las estaciones del Vía Crucis pero no saben ni cuántos evangelios hay. Hablan del “sentimiento” y de la “tradición” pero la Biblia les queda tan lejos como el Corán. Visten al niño de hebreo y lo sientan delante de la tele a ver procesiones mientras en casa no hay ni un crucifijo colgado.
¿De qué sirve una lágrima si no sabes por qué lloras? ¿Qué sentido tiene cargar una imagen si no cargas con una pizca de fe? ¿Qué clase de respeto es ese que solo sale una semana al año, mientras el resto del tiempo te ríes de los curas, te burlas del catecismo y te pasas la doctrina por el forro?
La Semana Santa se ha convertido en un teatro. Y como todo teatro, tiene público. Un público hipócrita, ignorante, sentimentalista de saldo, que confunde emoción con religión. Que no cree en Dios pero se emociona con su muerte. Que no reza, pero aplaude cuando levantan un paso. Que no entiende ni una palabra del Evangelio pero presume de “vivir la pasión”. Vivirla, dicen. Más bien aprovecharla. Para la foto, para el vídeo, para decir “yo estuve allí”, como el que va a una guerra a hacerse selfies con los tanques.
Yo respeto al que cree. Al que de verdad cree. Al que va a misa en silencio, al que carga con fe, al que reza porque necesita hacerlo, no para que lo vean. Pero al que se disfraza de cristiano por una semana, al que llora sin saber por qué, al que hace de la cruz un decorado y del incienso una excusa para aparentar, a ese no lo respeto. A ese lo denuncio.
Porque si Cristo volviera hoy, no se bajaría de la cruz para darles las gracias. Se bajaría para mandarles a todos a casa. A vivir su fe, o su ausencia de ella, en silencio. Sin espectáculos. Sin lágrimas de pega. Sin procesiones que no procesan nada.
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” — Mateo 15:8
Andrés, déjales que lloren, sentir compasión es bueno, les hace mejores.