@jsuarez02111977
Ayer, en el flamante McDonald’s de los Cantones, ese mausoleo de cartón y fritanga que alguien tuvo la brillante idea de encajar en pleno centro de A Coruña, se vivió un espectáculo digno de una civilización en ruinas. Nada menos que quince chavales, en plena pubertad tóxica y con más rabia acumulada que sentido común, se enzarzaron en una bronca que acabó con un despliegue policial que parecía más bien una escena de un documental sobre sociedades en colapso. Solo faltaban las cámaras de National Geographic y una voz en off diciendo: “Aquí, en su hábitat natural, el homo insustancialis marca territorio”.
¿De verdad sorprende a alguien? Porque a mí no. Este no es un McDonald’s de antaño, un refugio donde te zampabas un Big Mac mientras el mayor drama era que el ketchup se había acabado. No. Esto es el ring de una generación huérfana de valores, entretenimientos y hasta de una miserable educación básica. Aquí no se viene a comer; aquí se viene a demostrar quién mea más lejos. Entre nuggets fríos y bandejas grasientas, este McDonald’s se ha convertido en una arena de gladiadores hormonados que no saben si están en un fast food o en una discoteca de polígono con luz fluorescente.
Y el contexto no ayuda. ¿Qué esperábamos? Tenemos una ciudad que dedica más esfuerzo a engalanar paseos marítimos para el Instagram de turistas que a ofrecer a sus propios jóvenes algo que no sea una Coca-Cola aguada por dos euros. ¿Centros juveniles? ¿Parques donde no hay ningún tipo de entretenimiento? ¿Espacios donde no haya una cámara que te vigile como si fueras un preso en libertad condicional? Nada. El mensaje está claro: si tienes menos de 25 años y no llevas un iPhone de última generación para parecer respetable, mejor quédate en casa. Si no tienes casa, pues al McDonald’s, que ahí caben todos. Hasta que no caben.
Y ahí entra la policía, claro. Porque esta es la solución de manual: parchear la podredumbre social con una docena de agentes intentando que unos críos que no distinguen un McFlurry de un puñetazo se comporten como si entendieran qué demonios es la convivencia. Lo triste, lo verdaderamente vomitivo, es que ni siquiera es culpa de ellos. Son el producto perfecto de un sistema que les da chándales de marca y móviles de última generación, pero no les enseña ni a atarse los cordones. La vida, para ellos, es un feed de Instagram y una constante demostración de fuerza, porque si no existes como macho alfa, eres carne de cañón.
¿Y nosotros? Nosotros miramos con desprecio y seguimos mordiendo nuestra hamburguesa, haciéndonos los sorprendidos, como si no lleváramos décadas construyendo esta mierda. Porque sí, esto no es solo un problema de chavales pegándose en un McDonald’s; esto es el reflejo de nuestra propia mediocridad. Hemos permitido que nuestra ciudad, antaño un lugar lleno de vida, se convierta en un parque temático de cartón piedra donde los únicos protagonistas reales son los que arman bronca en un restaurante de comida rápida.
El McDonald’s de los Cantones es la metáfora perfecta de nuestra decadencia. Es un lugar que brilla por fuera, con sus luces LED y su fachada reluciente, pero que por dentro es un vertedero social donde la rabia, el vacío y la frustración campan a sus anchas. Y no os engañéis: esto no va a mejorar. Hoy son quince chavales y un par de bandejas volando; mañana será algo peor. Y nosotros seguiremos con nuestras patatas frías y nuestras excusas de mierda.
Así que sí, ríete, indígnate o lo que quieras. Pero la próxima vez que pases por ese McDonald’s y veas a la policía entrando en tropel, no te preguntes qué les pasa a esos chavales. Pregúntate qué demonios nos ha pasado a todos para que esto sea el pan de cada día. Y entonces, si tienes estómago, date cuenta de que la respuesta está en esa hamburguesa barata que te acabas de tragar. Esa que, igual que nuestra sociedad, parece grande pero está hueca por dentro.