@jsuarez02111977
El Congreso de los Diputados debería ser templo de la palabra, abrigo de la voluntad colectiva, muralla contra la indignidad. Debería. Pero no lo es. Hoy es poco más que un casino revestido de solemnidad, donde se juega al póker con las miserias del pueblo y se reparten las ganancias entre los mismos de siempre. Un decorado de mármol que encubre una pestilencia vieja, rancia, enquistada.
El Congreso no pertenece ya al pueblo. Lo ocupan otros: una casta de profesionales del eufemismo, expertos en prometer lo imposible y en enriquecerse con lo indecente. Lo habitan gentes de verbo florido y alma podrida, que no conocen la lluvia en el rostro ni el peso de una nómina insuficiente. Gentes que confunden la patria con un despacho y el servicio público con un suculento menú del día a costa del erario.
Y no, no es una exageración romántica. Es una constatación amarga. ¿Dónde están los obreros, los autónomos arruinados, las madres solteras, los jubilados con pensiones de hambre, los jóvenes sin futuro? ¿Dónde están las manos que madrugan, los ojos que no duermen, los cuerpos agotados que sostienen la economía real? No están. No caben en esos escaños. No tienen voz en esas comisiones. No existen en ese Congreso que, por mandato moral, debería pertenecerles.
Hemos permitido que los mediocres con verbo se impongan a los sabios con callos.
Lo hemos entregado. Lo hemos cedido a cambio de promesas huecas, de siglas bonitas, de discursos impostados. Hemos permitido que los mediocres con verbo se impongan a los sabios con callos. Y así nos va. El poder se ha alejado de la calle y ha construido un lenguaje propio, incomprensible, diseñado para excluir. La política se ha convertido en una religión de impostores: ellos rezan desde el púlpito, y el pueblo pone las velas y los muertos.
Y ahora, cuando ya no queda ni el consuelo de la ingenuidad, asistimos al desfile grotesco de nuevos escándalos, de informes judiciales, de grabaciones vergonzosas. El nombre de Santos Cerdán se une a la letanía infame de los señalados por la corrupción. Hoy es él, ayer fue otro, y mañana será un nuevo rostro con idéntico vacío moral.
Porque el problema no es el nombre: es la estructura. El problema no es el partido: es la costumbre. La costumbre de mentir, de saquear, de traicionar.
Ese Congreso de los Diputados —con mayúsculas de mármol y escudo— debe ser devuelto al pueblo.
Pero al pueblo real. No a los militantes de aparato, no a los aspirantes a asesor, no a los que medran en los comités. No. Al pueblo que vive, que sufre, que lucha. Al pueblo que no entiende de pactos secretos ni de sobres ocultos, pero sí de dignidad. Al que no lleva corbata ni terminal político, pero arrastra la decencia como una bandera.
El Congreso de los Diputados ha de ser desalojado simbólicamente de su actual ocupación ilegítima. Ha de ser limpiado de retórica y devuelto al polvo de la calle. Que entren los que jamás fueron invitados. Que hablen los que nunca tuvieron micrófono. Que se escuchen las voces que no tienen canal, ni rueda de prensa, ni portavoz. Que el hemiciclo sea un espejo de la nación, no el escaparate de su fracaso.
Porque si no vuelve el pueblo, con todo su barro, su dolor y su ternura, la política seguirá siendo esta mascarada sin alma. Un festín de hienas. Un arte sin belleza ni justicia. Y entonces, la patria —esa señora maltratada, ultrajada, saqueada— no será más que una silueta dibujada por los que nunca la han amado.
Que vuelva el pueblo. No con odio, sino con el sagrado desprecio de los traicionados. Y que recupere lo que siempre fue suyo: la palabra, el poder, y el futuro.