El brunch como síntoma terminal de la estupidez urbana. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Hay pocas cosas más ridículas que un ser humano haciendo cola un domingo a las doce de la mañana para desayunar con pretensiones. Una cola. Una maldita cola para sentarse a una mesa a engullir huevos escalfados, pan sin miga, café aguado y aguacate cortado con regla milimetrada, mientras se hace la foto de rigor, se pone cara de éxtasis y se sube a Instagram con el filtro correspondiente. Ahí lo tienes: el brunch. Ese invento elitista, gentrificado, insípido, que huele a perfume caro y a alma vacía.

El brunch es el opio de los modernos sin lecturas. Una ceremonia hueca con platos carísimos disfrazados de creatividad, diseñada para que la clase media aspiracional se sienta cosmopolita mientras paga veinte pavos por lo que en cualquier bar de barrio cuesta cinco. Es el nuevo rosario de los conversos del marketing, el último refugio de los que necesitan fingir que sus domingos tienen estilo, propósito y sofisticación.

Y no, no me vengan con que es práctico. Ni es desayuno, ni es comida. Es una pantomima. Un invento para gente que tiene el estómago donde antes tenía el ego. Una excusa más para evitar los bares de toda la vida, donde aún huelen a café de verdad y a grasa honrada, donde te llaman por tu nombre y no necesitas Google Translate para entender la carta. Porque aquí ya no se desayuna: se performa. Se representa. Se interpreta una escena de falso lujo entre platos blancos y camareros con delantal negro y mirada de “yo antes estudiaba Filosofía”.

Lo jodido no es que exista. Lo jodido es que ha invadido todo. Como una plaga de modernidad mal entendida. El brunch ha colonizado ciudades, barrios y hasta pueblos que no salen ni en el mapa. Ya no hay tregua. Entras a buscar un bocadillo de lomo y te encuentras con pan de centeno activado con mostaza de Dijon, rúcula y huevo de gallina vegana criado a ritmo de jazz. Y si protestas, eres un cateto. Un salvaje. Un sospechoso de no haber visto nunca una serie danesa.

Yo vengo del bar de la esquina, de la barra pegajosa, de la taza de vino con gaseosa y el pincho de tortilla reseca que está ahí desde las diez. De la camarera con coletas y mala leche, del camarero que te grita “¡marchando!”, como si la vida se fuera en ello. Vengo del vermú que no sabe a nada y, sin embargo, te lo arregla todo. Del periódico compartido, del chisme de la semana, del chorizo frito y el pan con miga.

El brunch es justo lo contrario: silencio incómodo, estética de escaparate y gente que no se conoce pero finge pertenecer a una misma tribu de iluminados. Es la religión del postureo. El sacramento de los que confunden estilo con precio. La misa dominical de los que prefieren pagar caro antes que mezclarse con el pueblo. Porque el brunch no es comida: es clase social con tenedor. Y además, sin gracia.

Habrá quien diga que exagero. Que hay brunch decente. Que hay locales con alma. Puede ser. Pero lo que yo veo es a una legión de idiotas con gafas de pasta que pagan por ser parte de un teatro sin guion. Veo a gente que ya no come, experimenta. Que ya no bebe, marida. Y que no desayuna, brunchea. Como si decir las cosas en inglés las hiciera más dignas.

Así que no, gracias. No me vendáis el brunch como modernidad. Es decadencia disfrazada. Es una tomadura de pelo con cuchillo de diseño. Dadme un bar de toda la vida, una caña mal tirada y una tapa de esas que no tienen nombre. Y si el camarero me llama “jefe”, mejor. Porque ahí está la patria: en la taza de vino, en la servilleta de papel que no limpia y en el pan con corteza. Lo demás, es cuento. Y del malo.

Orgulloso de ser devoto del vermú de taza y la barra sin postureo.

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