En la segunda jornada de las microconferencias que se realizan en Cangas con motivo de la exposición “Ignacio Cerviño en la Semana Santa, la investigadora de arte Inés Costas Villarfue la encargada de poner de relieve el valor artístico de la obra del maestro Cerviño. Su disertación se inició con la enumeración de la imaginería que realizó, por encargo de la Cofradía de la Misericordia, para las procesiones de esta villa marinera.
El afamado escultor cotobadense Ignacio Cerviño Quinteiro. Era natural de la parroquia de Aguas Santas (Cotobade) y cuando todavía no había alcanzado la mayoría de edad, lo encontramos ayudando a su padre y maestro, Antonio Cerviño Couceiro, en la realización de múltiples obras de cantería en la iglesia parroquial de San Andrés de Hío (1852). Es en este momento cuando el joven escultor comienza a demostrar su maestría y a darse en conocer en todo el contorno del Morrazo. Años después, siendo párroco Juan Manuel Míguez, conocedor de las capacidades de aquel joven cantero-escultor, le contratará para llevar a cabo la ejecución del famoso Cruceiro del Cristo de la Luz, en Hío.
En 1860 se traslada a Madrid para asistir a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en la que pudo ampliar sus conocimientos con la teoría de la simetría y de la proporción del cuerpo humano, observaciones y reglas generales de la figura y composición, para lograr la gracia, belleza y armonía, integrando elementos como el color la gracia y la belleza.
Después de una pequeña estadía en la ciudad herculina, regresó a la parroquia de Hío (1869) y, unos años más parte, en torno a 1872, es cuando labra magistralmente su obra cumbre: el Cruceiro de Hío. En el año 1873 se traslada a residir en el centro de la villa, concretamente en un bajo de la calle Estrella con Malatería -actualmente Ramón Franco- donde sabemos que realiza el Panteón de la familia Graña Rodal, localizado en el cementerio de Cangas.
A pesar de algunos encargos, es un momento de baja producción artística, motivo por el que decide trasladarse a Ponteareas en busca de mejor fortuna. Sobre el 1877, recibe uno de los mayores encargos de su carrera de la mano de la Cofradía de la Misericordia de Cangas. La primera talla que realiza es la del Santo Cristo del Descendimiento y el Calvario. Para ello toma como modelo la obra del Cristo del Consuelo, realizada por Juan Pintos en 1796, pero la novedad de la pieza reside en este caso en la articulación de los brazos y para ello busca una solución en el efectismo y la persuasión de la imaginería barroca. Aunque sacrifica la ejecución de la musculatura de los miembros superiores, se obtiene como resultado que posibilita su utilización de una única pieza en dos pasajes bíblicos: el Descendimiento de la Cruz y un Cristo yacente. El conjunto escenográfico se complementa con una gran Cruz, para el primero, y una urna sepulcral que se eleva sobre esferas y volutas apergaminadas y se remata con decoración de roleos de flores y cuatro ángeles que portan en sus manos instrumentos de la Pasión.
Como figuras complementarias, realiza un San Juan Evangelista que, al ser una talla de candelero, únicamente se ejecutan las partes de madeira visibles -cabeza, manos y pies- puesto que, el cuerpo se oculta con vestiduras de terciopelo. Esta figura acompaña a la Virgen y al Cristo en la procesión del Viernes Santo, junto con María Salomé, María Cleofás, la Verónica y la Magdalena. Todas son imágenes de candelero con articulaciones en brazos, piernas y, en algún caso, cintura. En cuanto a la Verónica y a la Magdalena, fueron realizadas también en 1877, mientras que las otras dos son posteriores, sobre los años 1881-1883. Se utilizan como Piadosas Mujeres en la procesión del Santo Encuentro y, ya por la noche, en la del Santo Entierro, como miróforas.
El Paso de Nazareno puede ser considerado como uno de los más singulares. Realizado con la finalidad de simular las tres caídas por medio de un mecanismo, forma parte de un grupo integrado por Carnacedo, centurión romano cuya trompeta emitía sonido singular y Simón Cireneo, obligado a cargar con la cruz hasta el Gólgota.
El último de los encargos que realiza para la Cofradía es la Santa Cena o Mesa de los Apóstoles (1883). En este momento se encontraba residiendo en Ponteareas, donde tenía su taller. Este grandioso conjunto pretende representar la duda y culpa por la traición de uno de ellos y la perplejidad e inquietud ante el anuncio de la Pasión y muerte de Jesús. Presenta tintes más neoclásicos y, al utilizar imágenes de candelero articuladas, permitirá dotar de movimiento a los integrantes de la escena que, formando grupos, podrán interactuar. No podemos olvidar posiblemente la más popular entre todas las tallas, Francisquiño da Ferramenta. Sabemos para esta obra se inspiró en las facciones de Joaquín Francisco Graña Fandiño (1863-1905), hijo de una relevante familia canguesa, precisamente porque su taller se encontraba en una local propiedad de la familia del Ranqueta