«Una caña con Franco y Ayuso”

El bar era una cueva vieja de la Plaza Mayor, con olor a grasa requemada y turistas despistados. Las paredes sudaban humo antiguo y las sillas cojeaban como soldados retirados. Yo estaba allí, apoyado en la barra, cuando los vi entrar: el pasado y el presente caminando juntos como si fueran padre e hija.

Él, bajito, con el rostro de granito y el paso corto, como si el suelo aún debiera rendirle pleitesía. Ella, con el pelo perfectamente desordenado, el traje entallado y esa sonrisa de quien cree que Madrid es una extensión de su ego.

Se sentaron al fondo. Nadie se inmutó. En Madrid puedes sentarte con el mismísimo diablo y solo te preguntarán si vas a querer otra caña.

—Presidenta —dijo él, bajando la voz—, tengo que felicitarla. Ha hecho usted lo que yo nunca logré: convencerlos de que son libres mientras obedecen.
—General —respondió ella con un deje de coquetería—, yo no obligo a nadie. Les dejo vivir como quieran.
—Les deja creerlo —replicó Franco—. Eso es aún más brillante. Yo usaba el miedo. Usted usa la televisión, los memes y los vermuts en terrazas. La diferencia es que yo tenía que fusilar para imponer silencio; usted consigue que la gente le aplauda mientras se hunden las urgencias y las hipotecas les devoran el alma.

Ella sonrió.

—Madrid es una fiesta, don Francisco. Aquí nadie se queja. Trabajan, pagan, beben y votan.
—Sí, una fiesta. De esas que huelen a cadáver debajo del confeti. Lo suyo es un régimen de barra de bar: cerveza fría, banderita y enemigo claro. “Los otros”. Los de fuera. Los que no entienden Madrid.

Ayuso se inclinó hacia él, desafiante.

—Yo no tengo enemigos. Solo defiendo mi tierra.
—Ah, como yo —dijo él con una sonrisa seca—. Yo también hablaba de unidad, de patria, de moral. Y me creyeron. Hasta que comprendieron que lo que quería era que no pensaran. Usted lo hace igual, pero con falda y redes sociales.

El camarero dejó dos cañas sobre la mesa. Ella bebió un sorbo y habló con ese tono que usa en los mítines, como si el eco del bar fuera una asamblea.

—Madrid es la libertad. Aquí cada uno hace con su vida lo que quiere.
—¿Incluso morirse solo en una residencia? —preguntó él, bajando la voz.
Ella frunció el ceño.
—Eso fue la pandemia. No había recursos.
—Tampoco yo tenía balas para todos —respondió él—. Pero me aseguré de que nadie lo contara. Usted tuvo cámaras, hospitales saturados y familiares golpeando puertas. Y aun así, salió más fuerte. Eso, hija, es talento político.

Ella lo miró, ofendida.
—No me llame hija.
—Lo eres —dijo él—. Eres la hija moderna de una vieja idea: el poder sin culpa. La sonrisa que tapa la sangre.

Se quedó callada un instante. Afuera, las campanas sonaban como si marcaran una misa vieja.

—Usted no entiende a la gente —dijo ella—. Yo conecto con ellos. Les hablo claro. Les digo que los impuestos son malos, que el Estado estorba, que los madrileños pueden solos.
—Y ellos te creen —dijo él—. Aunque las enfermeras estén exhaustas, los alquileres sean un atraco, las aulas estén a reventar y los comedores se paguen a plazos. Los haces sentirse especiales mientras los exprimes. Eso es arte, Isabel. Lo mío era disciplina. Lo tuyo es espectáculo.

Ella se echó a reír, apoyando el codo en la mesa.
—Usted era un dictador. Yo soy democrática.
—Sí —dijo él—. Porque tus urnas sirven para confirmar lo que ya has decidido. Democracia de escaparate. Lo mismo que mis desfiles, pero con hashtags.

El camarero pasó cerca, los miró un segundo y siguió limpiando vasos. Nadie más los oía.

—General, no me subestime —dijo ella—. Yo he sobrevivido a todo: a una pandemia, a ministros, a traiciones internas, a periodistas. Soy una mujer fuerte.
—Eres de acero —respondió él—. El mismo acero que yo usé para levantar el Valle. Tú levantas torres de oficinas y llamas prosperidad a los desahucios. Tienes pisos turísticos donde yo tenía cuarteles. Y en ambos casos, los pobres duermen fuera.

Ayuso bebió otro trago y miró hacia la puerta.
—Usted habla como si todo estuviera mal. Madrid está viva. Es la envidia de España.
—Sí —dijo Franco—. También lo fue mi España. Orgullosa, fervorosa, ensordecida. La gente moría, pero las calles estaban limpias y los himnos sonaban fuerte. Has conseguido lo mismo sin necesidad de tanques. Solo con marketing y un eslogan barato.

Ella se inclinó hacia él, casi divertida.
—No me diga que no le gusta mi estilo.
—Me fascina —respondió él—. Has domesticado a una generación entera. Les haces creer que pelear por derechos es de vagos. Que la sanidad es un capricho. Que la vivienda es una inversión. Has convertido el egoísmo en bandera. Yo habría dado media vida por lograrlo sin cárceles. Tú lo haces con aplausos.

Ella jugueteó con el vaso.
—Yo no mando por miedo.
—No —dijo él—. Manda el miedo a perder lo poco que les queda. Es el mismo látigo, solo que invisible.

El silencio se estiró como un hilo tenso. Afuera, el bullicio de los turistas contrastaba con el aire denso del bar. Franco se levantó despacio, dejando unas monedas de otra época sobre la mesa.

—Enhorabuena, presidenta. Has perfeccionado mi obra. Donde yo mandaba por imposición, tú mandas por deseo. Los tuyos no obedecen: te veneran. Has hecho del franquismo una marca cool.

Ella sonrió, cruzó las piernas y lo observó marcharse.
—No me subestime, general. Yo soy el futuro.
Él se detuvo en la puerta, giró la cabeza y respondió:
—El futuro siempre acaba pareciéndose al pasado cuando nadie aprende del dolor.

Se fue. Ella se quedó sola. Pidió otra caña y miró por la ventana, donde Madrid seguía brillando como una joya falsa bajo el sol.

El camarero recogió las monedas, las observó un segundo y murmuró:
—Siempre pagan con las de otro tiempo.

Afuera, la Plaza Mayor seguía llena de ruido, de turistas, de fantasmas. Y, entre ellos, la historia seguía repitiéndose, con la misma voz y distinto pintalabios.

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