Os voy a contar una historia.
No es una metáfora. No es literatura. No es una exageración. Es una patada en la boca de la realidad. Es la fotografía exacta de una ciudad que se ha rendido, que ha bajado los pantalones y que ahora sonríe con la mandíbula desencajada mientras le meten veneno por la nariz a plena luz del día.
Martes. Fin del carnaval. Fin de la farsa.
La ciudad despierta con resaca moral. El maquillaje corrido. Las calles sucias. Y el alma, todavía más sucia que el suelo. A eso de las once o doce de la mañana paso por el Orzán. Allí está ese local al que llaman La Tata. Nombre casi cariñoso para lo que es en realidad: un puto altar de la derrota.
Fuera habría unas setenta personas.
Setenta.
No estaban charlando. No estaban viviendo. No estaban celebrando nada. Estaban consumiendo. Destruyéndose. Ejecutándose en pequeñas dosis blancas.
Farlopa.
Cocaína.
Muerte en cómodos plazos.
Los vi preparar las rayas encima de móviles. Encima de llaves. Encima de cualquier superficie que sirviera de mesa improvisada para el suicidio cotidiano. Los vi agacharse con la precisión mecánica de quien ya no decide, de quien ya no piensa, de quien ya no es una persona sino un organismo en modo supervivencia.
Esnifar.
Levantarse.
Mirar al vacío.
Repetir.
Una liturgia miserable.
En las esquinas. En los bancos. En esa pequeña plaza que hay unos metros más adelante. Allí mismo. Sin esconderse. Sin miedo. Sin dignidad. Como animales enfermos que han perdido hasta el instinto de esconder su propia decadencia.
Y mientras tanto, a escasos metros, pasaban padres con sus hijos.
Niños.
Niños que miraban.
Niños que preguntaban.
Niños que estaban viendo, en directo, cómo se pudre una ciudad.
Porque esto es lo más obsceno de todo. No es la droga. No es la farlopa. No es la cocaína. Eso ha existido siempre. Lo verdaderamente vomitivo es la impunidad. La normalidad. La sensación de que nada importa.
El Ayuntamiento no hace nada.
La policía no hace nada.
Las entidades sociales no hacen nada.
Nadie hace nada.
Nadie mueve un dedo mientras la calle se convierte en un matadero lento. Nadie interviene mientras la ciudad se convierte en un decorado donde la autodestrucción es una actividad cotidiana, como pasear al perro o comprar el pan.
Esto no es marginalidad.
Esto es abandono institucional.
Esto es cobardía.
Esto es una ciudad que ha decidido mirar hacia otro lado porque intervenir es incómodo, porque actuar genera conflicto, porque es más fácil dejar que la mierda se acumule mientras no salpique demasiado los zapatos del poder.
Ese punto del Orzán no es un accidente.
Es un santuario.
Un punto de encuentro.
Un lugar donde la gente va a desaparecer sin necesidad de morir.
Y lo más grave es que todo el mundo lo sabe.
Vecinos.
Hosteleros.
Políticos.
Policías.
Todos.
Y aun así, nada cambia.
El martes por la mañana, después de la gran noche de carnaval, aquello simplemente fue más visible. Más descarado. Más brutal. Pero no era nuevo. Era la rutina. Era el estado natural de una ciudad que ha decidido dejar de defenderse.
Lo que vi no fue fiesta.
Fue descomposición.
Fue el cadáver de la dignidad urbana pudriéndose al sol.
Fue una ciudad arrodillada ante la farlopa.
Y lo peor no es que existan los que se destruyen. Cada uno libra sus propias guerras. Lo peor es que existan los que lo permiten. Los que cobran un sueldo público. Los que dan discursos. Los que hablan de convivencia mientras la calle se convierte en un vertedero humano.
Porque cuando una ciudad permite que setenta personas se droguen a plena luz del día, delante de niños, delante de todos, esa ciudad ha perdido el respeto por sí misma.
Ha dejado de ser una ciudad.
Se ha convertido en un territorio ocupado por la derrota.
Y nadie parece tener los cojones de recuperarlo.