
Se acerca una nueva temporada estival y, con los primeros rayos de sol, regresa también ese viejo hábito nacional de correr a la playa como si nada estuviera ocurriendo, como si nada hubiera ocurrido, como si la realidad pudiera suspenderse en nombre del placer, de la rutina y de la distracción. La memoria es corta. La voracidad, inmensa. Y la pobreza cívica se revela en la incapacidad de reconocer límites, de respetar señales, de aceptar que no todo existe para satisfacer la voluntad inmediata de cada uno. Se ven avisos, se conocen los riesgos, se entiende el contexto y, aun así, se avanza. Como si la libertad fuera sinónimo de capricho. Como si el deseo individual estuviera por encima de la prudencia, del orden y del respeto por lo que es de todos.
Pero lo más grave no es esa inconsciencia casi automática. Lo más grave es la hipocresía que la acompaña. Porque, acto seguido, se exige que el Estado resuelva, que el dinero público compense, que todos paguen la factura de la irresponsabilidad colectiva y de la ceguera acumulada. Reponer arena donde el mar volverá a llevársela se ha convertido en el símbolo perfecto de una política sin coraje: cara, repetitiva e inútil en lo esencial. No se afronta el problema. Al contrario, se aplaza. No se corrige el error. Se administra la ilusión. Se entierran millones para salvar apariencias, proteger intereses instalados y mantener viva la fantasía de que la naturaleza se dejará disciplinar por la voluntad humana y por el calendario del turismo.
Pero la naturaleza no negocia. El mar no firma compromisos. La costa no es una postal inmóvil, ni un activo paisajístico al servicio del bienestar privado. Es un organismo vivo, en movimiento, con una lógica propia, indiferente a la arrogancia de los hombres y a la mediocridad de las decisiones políticas. Y quizá sea esta la verdad que tantos se niegan a aceptar: no es la naturaleza la que tiene que adaptarse a nuestros errores, sino nosotros quienes debemos aprender a vivir dentro de sus límites. Eso exige visión, seriedad y coraje para hacer lo que durante demasiado tiempo se ha evitado hacer. Exige frenar nuevas construcciones en zonas vulnerables, revisar ocupaciones absurdas y legislar con horizonte, y no a la medida de la próxima temporada estival. Una sociedad que insiste en destruir el futuro para prolongar el confort del presente no es solo imprudente. Es una sociedad moralmente fallida.