Hace unos meses aseguró públicamente que acudiría al Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas si las concertinas no eran retiradas. Hoy muchas de ellas ya no están. ¿Qué siente?
Siento una enorme satisfacción, pero sobre todo alivio por los ciudadanos de Nicosia. Cuando hice aquella declaración no era una frase grandilocuente ni una amenaza mediática. Era un compromiso personal y moral. Vi concertinas en zonas donde había niños jugando a pelota, familias y personas mayores. Vi miedo y normalización de algo que jamás debería normalizarse dentro de la Unión Europea. Dije que iría hasta el final y efectivamente fui hasta el final.
¿En qué momento cree que el Gobierno chipriota empieza realmente a tomarse en serio el asunto?
Cuando entiende que esto ya no era solo una polémica local ni una denuncia periodística aislada. La situación empezó a cambiar cuando el caso trascendió internacionalmente y llegó a Naciones Unidas. Ahí comprendieron que el tema podía tener consecuencias reputacionales y políticas importantes. Es una pena que pese a que el Presidente se comprometiera en una entrevista pública y personalmente conmigo después pensara que podía no hacer nada y haberme tomado el pelo.
Usted también denunció la existencia de carteles que consideraba discriminatorios en los checkpoints del lado sur de Nicosia. Finalmente también han sido retirados.
Sí, y eso es muy importante porque no hablamos únicamente de seguridad física, sino también de dignidad y convivencia. Chipre necesita construir puentes, no mensajes que alimenten la división entre comunidades. La retirada de esos elementos es una señal positiva.
En su primera entrevista fue muy duro con el incumplimiento de la promesa realizada por el presidente Nikos Christodoulides. ¿Mantiene esa crítica?
La mantengo porque los hechos son los hechos. Como decía antes, el presidente se comprometió públicamente durante una entrevista conmigo a retirar estos elementos y durante mucho tiempo no ocurrió nada. Ahora bien, también creo que cuando finalmente se toman decisiones correctas hay que reconocerlo. Lo importante es que hoy las concertinas se están retirando y Nicosia es una ciudad más segura, pero me apena que lo haya hecho obligado por Naciones Unidas y no desde la convicción propia y por el compromiso para con sus ciudadanos, porque lo que me queda al final es que su palabra no tiene ningún valor, y eso en un político es lo peor que puede pasar.
También ha criticado la actitud del alcalde de Nicosia, Charalambos Prountzos.
Sí, porque sinceramente esperaba más colaboración institucional. Le advertí personalmente del peligro que suponían esas instalaciones y de la posible ilegalidad de algunas de ellas. Creo que, cuando hablamos de seguridad ciudadana y derechos humanos, ninguna administración debería mirar hacia otro lado y para mí no deja de ser un shock que un periodista internacional tenga que luchar por los derechos de los ciudadanos de una ciudad y que su alcalde prefiera mirar hacia otro lado, porque entiende que esas concertinas son parte de la visibilización del conflicto y dejando de lado que uno de sus hijos jugando a pelota pueda herirse con esas cuchillas.
¿Hasta qué punto influyó el documental “Chipre: la isla dividida” en todo este proceso?
Totalmente. El documental me permitió escuchar a personas de ambos lados de la isla y entender que muchas heridas siguen abiertas cincuenta años después. Pero también me hizo comprender algo fundamental: el periodismo no puede limitarse siempre a observar desde la distancia. Hay momentos en los que documentar una realidad obliga moralmente a actuar.
¿Considera que esta victoria puede tener consecuencias más amplias en Chipre?
Sí. Creo que marca un precedente importante. Demuestra que la presión cívica, las herramientas legales internacionales y el periodismo todavía pueden generar cambios reales. Muchas personas me dijeron que era imposible, que nadie tocaría nunca esas concertinas. Y hoy ya no están en muchos puntos sensibles de la ciudad.
Después de todo este proceso, ¿cómo definiría hoy su relación con Chipre?
Muy emocional. Chipre ya forma parte de mi vida. He conocido historias durísimas en ambos lados de la isla, pero también una enorme humanidad. Todo lo que he hecho ha sido porque sinceramente creo que los chipriotas merecen vivir en una isla más segura, más digna y más humana. Estoy infinitamente agradecido a todos los chipriotas, lo digo siempre, hablen en griego o en turco, porque han convertido un trabajo normal en el trabajo de mi vida.