Cuando el precio sustituye al valor. Por Miguel Abreu

Hay episodios que revelan más sobre una sociedad que muchos estudios, debates o discursos políticos. El caos provocado por el lanzamiento de un reloj de edición limitada fue uno de esos momentos. Filas interminables, personas empujándose, tensión, agresividad, discusiones, personas que pasaron más de 24 horas en una fila y una especie de histeria colectiva en torno a un objeto que, en la práctica, no altera en nada la vida de nadie. Y, sin embargo, durante algunas horas, parecía que todo dependía de la posibilidad de conseguir comprarlo. Lo más interesante de este fenómeno no es el reloj, ni el lujo, ni siquiera el consumo. La cuestión es más profunda. Lo que verdaderamente impresiona es percibir la dimensión social, emocional, psicológica y casi existencial que un objeto puede llegar a asumir en una sociedad que parece cada vez más perdida entre aquello que tiene valor y aquello que apenas tiene precio.

Tal vez este sea uno de los signos más silenciosos de la transformación de nuestro tiempo. Muchas personas ya no buscan únicamente bienes materiales. Buscan pertenencia, reconocimiento, diferenciación, visibilidad e incluso significado. El consumo ha dejado de ser solo consumo. Se ha convertido en lenguaje social, afirmación identitaria y mecanismo de validación personal. No se trata de criticar a quien compra relojes, coches, ropa u objetos exclusivos. El problema no está en el objeto en sí, sino en la forma en que una parte creciente de la sociedad parece invertir en esos objetos emociones, expectativas y niveles de importancia que antes pertenecían a otras dimensiones de la vida humana. Hay algo inquietante cuando un lanzamiento comercial consigue movilizar más entusiasmo, energía y pasión que temas como la soledad, el sufrimiento humano, la degradación de las relaciones, la pobreza o la pérdida de referencias éticas y comunitarias. Tal vez porque los objetos ofrecen aquello que la vida contemporánea no siempre consigue dar. Una sensación inmediata de pertenencia, cierto estatus, aunque pasajero, y la cómoda ilusión de reconocimiento.

Lo más perturbador es que esta lógica acaba alterando silenciosamente la propia escala de prioridades humanas. Poco a poco, aquello que tiene valor deja de coincidir con aquello que realmente sostiene una vida con sentido. La profundidad es sustituida por el impacto. La interioridad por la apariencia. El reconocimiento por el espectáculo. Y tal vez sea precisamente en este punto donde este episodio deja de ser solo una noticia curiosa para convertirse en un retrato social mucho más serio. Porque mientras una parte del mundo corre desesperadamente detrás de un reloj de edición limitada, otra sigue corriendo detrás de comida, seguridad, paz, trabajo o simplemente dignidad. Y tal vez la pregunta más importante que en este momento deberíamos hacernos sea: ¿qué revelan estos fenómenos sobre aquello en lo que nos estamos transformando lentamente?

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