
La visita del Papa León XIV a España será, probablemente, recordada por muchos a través de las imágenes de las multitudes, de las celebraciones litúrgicas, de los encuentros institucionales o del simbolismo de la inauguración de la torre de Jesucristo en la Basílica de la Sagrada Familia. Algunos destacarán el hecho de que esta pase a ser la iglesia más alta del mundo, en una época acostumbrada a medirlo todo en números, récords y estadísticas. Sin embargo, temo que aquello que verdaderamente importa pueda pasar desapercibido. Lo esencial de este viaje no está en los gestos, en los recorridos o en los protocolos. Está en una pregunta que atraviesa todos los discursos, homilías y encuentros celebrados hasta el momento y que se ha hecho aún más evidente en la Encíclica Magnifica Humanitas, publicada pocos días antes de la llegada a España. Una pregunta sencilla en su formulación, pero decisiva para el futuro de nuestras sociedades: ¿seguimos sabiendo lo que significa verdaderamente ser humanos? Mientras el mundo se deja absorber por debates permanentes sobre tecnología, inteligencia artificial, crecimiento económico, productividad, seguridad, identidad o poder, León XIV parece insistir en recordarnos algo que muchos daban por supuesto. La dignidad de la persona humana no es una consecuencia de su rendimiento, de su utilidad, de su capacidad productiva o del lugar que ocupa en la sociedad. Es anterior a todo ello. La gran cuestión de nuestro tiempo no es solamente saber lo que somos capaces de hacer con la tecnología, sino qué estamos haciendo con nosotros mismos. Quizá por eso el Papa ha elegido como imagen central de su Encíclica la alternativa entre Babel y Jerusalén. Entre una humanidad fascinada por su capacidad de construir torres cada vez más altas y una humanidad capaz de construir comunidades donde cada persona encuentra lugar, reconocimiento y esperanza.
A lo largo de este viaje, el Santo Padre ha regresado repetidamente al mismo tema, aunque recurriendo a lenguajes y contextos distintos. Ha hablado de la necesidad de reconstruir vínculos en una sociedad fragmentada, de proteger la verdad en una cultura frecuentemente dominada por el ruido y la superficialidad, de preservar la dignidad del trabajo ante las profundas transformaciones tecnológicas y de promover una economía que sitúe a la persona por encima del beneficio. En el Parlamento español recordó que toda legislación acaba inevitablemente respondiendo a una pregunta fundamental: ¿qué concepción de la persona humana inspira las leyes que producimos? En el encuentro con representantes de la cultura, de la economía y del deporte se preguntó qué herencia estamos dejando a las generaciones futuras y qué tipo de comunidad estamos construyendo realmente. En la celebración del Corpus Christi recordó que nadie puede arrodillarse ante Dios y, al mismo tiempo, permanecer indiferente al sufrimiento del hermano. En Barcelona insistió en que la unidad no nace de la uniformidad, sino de la capacidad de acoger la diversidad sin destruir la comunión. Temas diferentes, contextos distintos, pero una misma preocupación de fondo. León XIV parece recordarnos que la gran crisis de nuestro tiempo no es solamente tecnológica, económica o política. Es, ante todo, una crisis de visión sobre la persona humana. Por eso, la respuesta no se encontrará únicamente en sistemas más eficientes, instituciones más sólidas o tecnologías más sofisticadas. Se encontrará cuando volvamos a reconocer que cada ser humano posee una dignidad que no depende de su utilidad, de su productividad o de su condición social. Y este es un mensaje que supera ampliamente las fronteras de la Iglesia Católica, porque toca una de las cuestiones más decisivas para el futuro de la propia civilización.
Quizá sea precisamente por eso por lo que merece la pena releer con atención lo que León XIV viene diciendo. No solamente los católicos practicantes, ni únicamente quienes siguen la vida de la Iglesia, sino también los indiferentes, los agnósticos, los no creyentes y todos aquellos que buscan comprender los desafíos de nuestro tiempo. Porque, detrás del lenguaje religioso, existe una interpelación profundamente humana. En una época en la que crece la tentación de medirlo todo por la eficiencia, el beneficio, la visibilidad, el poder o los números, el Papa recuerda que la verdadera grandeza de una civilización no se mide por la riqueza que acumula, por la tecnología que desarrolla o por los récords que alcanza, sino por la forma en que mira a la persona humana y, en particular, a los más frágiles y vulnerables. Quizá por eso resulte tan simbólica la inauguración de la torre de Jesucristo en la Basílica de la Sagrada Familia. Muchos recordarán que ha pasado a ser la iglesia más alta del mundo. Otros verán en ella únicamente una nueva hazaña arquitectónica o una conquista digna de figurar en los libros de récords. Sin embargo, su verdadera importancia no reside en la altura que alcanza, sino en la dirección hacia la que apunta. La arquitectura sagrada nunca tuvo como finalidad exaltar al hombre, sino elevar su mirada. Nunca pretendió alimentar la ilusión de la autosuficiencia humana, sino recordar la existencia de una realidad que trasciende lo tangible, lo mensurable y lo inmediato. Quizá este sea precisamente el mensaje más profundo del viaje de León XIV a España. En un tiempo en el que la técnica avanza más deprisa que la reflexión ética, en el que el poder crece más rápidamente que la sabiduría y en el que muchos buscan respuestas únicamente dentro de los límites del propio ser humano, el Papa nos invita a volver a levantar la mirada. Porque la pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿seguimos sabiendo lo que significa ser humanos? De la respuesta que seamos capaces de dar dependerá no solo el futuro de la Iglesia, sino también el futuro de la propia humanidad.