El día en que el fútbol obedeció a una llamada telefónica. Por Miguel Abreu

Hay momentos en los que una institución deja de necesitar ser acusada, porque basta con dejarla hablar a través de sus propios actos. La FIFA ya había revelado mucho de sí misma cuando decidió crear un premio de la paz y entregárselo a Donald Trump. No fue solo una decisión desafortunada, ni siquiera una provocación simbólica. Fue la demostración pública de que la palabra paz podía ser vaciada, pulida, moldeada y ofrecida como ornamento al poder. Hoy, ese gesto ha dejado de parecer un episodio aislado y se ha convertido en la primera señal de una decadencia mucho más profunda. Cuando el presidente de Estados Unidos admite haber pedido a la FIFA la revisión de una decisión disciplinaria que afectaba a un jugador estadounidense, en pleno Campeonato del Mundo, el problema ya no pertenece solo al fútbol. La cuestión no es saber si Folarin Balogun merecía o no la tarjeta roja. Esa discusión pertenece al campo, al árbitro, al VAR, a los reglamentos y a los órganos propios de la competición. El problema empieza cuando el poder político se siente autorizado a intervenir en una materia deportiva. Y se vuelve moralmente insoportable cuando, después de esa intervención, la decisión acaba beneficiando precisamente al país del gobernante que telefoneó. La FIFA podrá intentar explicarse. Podrá invocar reglamentos, procedimientos disciplinarios, órganos independientes e interpretaciones jurídicas. Pero hay daños que ningún comunicado repara. Porque la confianza no vive solo de la legalidad formal. Vive de la imparcialidad reconocible, de la transparencia, de la igualdad de trato y de la certeza de que ninguna selección juega bajo reglas distintas a las de las demás. En este episodio, esa confianza ha quedado herida. Y cuando la confianza queda herida en un Campeonato del Mundo, no estamos ante una simple polémica deportiva. Estamos ante una fractura moral. El fútbol, para seguir siendo deporte, necesita reglas que no se doblen ante la fuerza de una llamada telefónica. Necesita árbitros respetados, procesos creíbles y dirigentes que no se confundan con cortesanos del poder político. La moral empieza a derrumbarse cuando aquello que debería provocar vergüenza pasa a ser tratado como ruido mediático. Una institución que se presenta como guardiana del fútbol mundial comportándose como si el juego pudiera administrarse en función de la conveniencia de los poderosos.

Pero sería demasiado fácil reducir este episodio a Donald Trump. Él es parte del problema, pero no es todo el problema. Trump representa una forma de poder que ya conocemos: agresiva, autocentrada, transaccional, permanentemente interesada en transformar cualquier espacio público en una extensión de su propio beneficio. Para él, la política, los negocios, la comunicación, la diplomacia y ahora también el fútbol parecen pertenecer al mismo tablero. Todo puede ser presionado, todo puede ser negociado, todo puede ser utilizado. Pero la verdadera decadencia se revela cuando los demás aceptan jugar en ese tablero. La FIFA aceptó. Los dirigentes aceptaron. Las federaciones se limitaron a protestar dentro de los límites seguros de lo conveniente. Las televisiones siguieron emitiendo. Los patrocinadores siguieron vendiendo. Las selecciones siguieron preparando sus partidos. Los aficionados siguieron mirando. Y así, poco a poco, aquello que debería haber provocado una ruptura se convirtió apenas en otro asunto de debate entre partidos. Es aquí donde la decadencia moral se transforma en quiebra ética. Porque la ética no consiste solo en cumplir una norma escrita. Consiste en defender el principio que da sentido a la norma. Una competición solo es legítima cuando todos aceptan que están sometidos al mismo marco de reglas. Si una decisión disciplinaria puede verse envuelta por la sombra de una intervención política, entonces ya no estamos ante una competición plenamente fiable. Estamos ante un espectáculo condicionado por la sospecha. Y ante esa sospecha, todas las selecciones deberían haber suspendido de inmediato su participación en el Mundial. No por teatralidad, ni por oportunismo, sino por respeto al propio juego. Seguir compitiendo después de confirmado este episodio es aceptar que la integridad de la competición sea secundaria. Es admitir que el Mundial puede continuar incluso cuando su credibilidad queda en entredicho. Cada selección tenía el deber moral de decir: no jugamos mientras no haya una aclaración absoluta, pública y documentada. Cada federación tenía el deber de exigir garantías reales de independencia. Y, si esas garantías no se daban, debería haber llevado a la FIFA ante las instancias competentes, incluidos los tribunales, por quebrar la confianza esencial que sostiene la competición. Porque una organización que permite que su credibilidad sea atravesada por una interferencia política deja de ser únicamente una entidad gestora. Se convierte en una estructura de poder sin la confianza suficiente para organizar el mayor evento deportivo del mundo. Alguien dirá que abandonar un Mundial sería excesivo. Pero en ese caso surge una pregunta: si esto no basta, ¿qué bastaría? Si una intervención directa del presidente del país anfitrión ante la dirección de la FIFA, seguida de una decisión favorable a su país, no es suficiente para detener la competición, entonces nada será suficiente. Y si nada es suficiente, entonces los valores del fútbol ya no son más que eslóganes impresos en paneles publicitarios.

Hay todavía otras preguntas que deben hacerse en este momento: ¿y si la selección de Estados Unidos gana este Campeonato del Mundo? ¿Se indignarán todos ese día? ¿Dirán que la competición quedó manchada? ¿Lamentarán que la FIFA permitió una ventaja indebida? ¿Llorarán sobre la leche derramada cuando la copa ya esté levantada, las fotografías ya hayan dado la vuelta al mundo y la narrativa oficial ya esté escrita? Entonces será tarde. La integridad no se defiende después de conocer el resultado. Se defiende antes, cuando todavía cuesta algo. Quien sigue jugando ahora ya no podrá fingir sorpresa después. Quien sigue mirando ahora ya no podrá decir que no sabía nada. Quien sigue financiando, emitiendo, consumiendo y celebrando este espectáculo después de este episodio participa, aunque sea en silencio, en su normalización. Nadie es culpable por gustarle el fútbol. Pero hay complicidad cuando se acepta que el fútbol sea vendido al poder político y económico. Hay complicidad cuando la indignación se transforma en una pausa entre dos partidos. Hay complicidad cuando la emoción del resultado permite olvidar la indecencia del proceso. Esta es quizá la mayor podredumbre de nuestro tiempo. No se trata solo de que haya quien lo venda todo por un puñado de dinero. Se trata de que haya multitudes dispuestas a seguir aplaudiendo con tal de que el espectáculo no se detenga. Donald Trump aparece en este episodio como aquello que tantas veces ha sido, y a lo que una parte creciente del mundo parece irse acostumbrando: un hombre que mira el poder como instrumento de provecho propio. Su fortuna, sus negocios, sus relaciones con intereses económicos y la constante mezcla entre cargo público, influencia y beneficio privado forman parte de una misma lógica. La paz, para él, no parece ser un compromiso con los pueblos. Parece ser una palabra útil cuando sirve a su imagen. La justicia no parece ser un principio. Parece ser aceptable cuando le conviene. La regla no parece ser un límite. Parece ser un obstáculo que eliminar. Pero Trump solo consigue avanzar cuando encuentra instituciones dispuestas a retroceder. Y la FIFA retrocedió. Retrocedió cuando confundió paz con propaganda. Retrocedió cuando confundió independencia con apariencia. Retrocedió cuando permitió que la duda se instalara en el corazón de la competición. Retrocedió cuando dejó que el fútbol mundial pareciera vulnerable a la presión del poder político. El fútbol, que tantas veces se presentó como lenguaje universal, volvió a hablar. Pero esta vez no habló de unión, ni de justicia, ni de paz. Habló de dinero. Habló de miedo. Habló de dependencia. Habló de la facilidad con la que una institución global puede arrodillarse ante quien manda. Ante esta situación, quizá sea apropiado hacerse la pregunta: cuando la FIFA vendió la credibilidad del fútbol por una llamada telefónica, ¿quién tuvo todavía la dignidad de no comprar el espectáculo?

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