La eterna romería de la hucha de las pensiones: Entre el apocalipsis rojo y el alimento azul y verde del banquero

Si hay un deporte nacional en España que no compite en los Juegos Olímpicos pero que acapara todas las medallas de oro, es el del «viene el lobo» con las pensiones. Llegan las elecciones y, con la precisión de una marea viva en la Costa da Morte, los políticos sacan a pasear el bolsillo de los jubilados como quien saca a pasear un canciño sin bozal, por si muerde o por si asusta al personal.

Hagamos un poco de memoria, que tampoco nos vamos a «facer os suecos». Hace unos años el mantra oficial, entonado con devoción monacal y olor a cirio pascual, era que los de la izquierda venían con el hacha para recortar las pagas, dejar el Estado temblando y convertir España en una sucursal de Cuba, pero con menos ron y más folclore. Y claro, el feligrés de toda la vida, con el susto en el cuerpo pensando que le iban a nacionalizar hasta las zapatillas de estar por casa, rezaba aquello de: “¡Nanai de la China! Antes le voto a uno disfrazado de nazareno que a los rojos de las gambas”.

Pero amigo, el juego de la oca ha vuelto a tirar y el tablero ha dado la vuelta completa. El guion ha cambiado de mano, pero la función de teatro sigue siendo la misma de siempre, solo que con los actores mudados de acera. Ahora el terrorismo electoral se canta en estéreo: *“Ojo avizor con la derecha y la ultraderecha, que os van a dejar la pensión más seca que la mojama o, lo que es peor, os la van a meter en un fondo buitre donde los tiburones de Wall Street os van a cambiar los ahorros por acciones de una funeraria”*. Y allí tenemos al personal, con los pelos de punta, dudando entre guardar los billetes debajo de la baldosa de granito o meterlos dentro de un chorizo curado.

El problema viene cuando a los estrategas de campaña de PP y Vox se les escapa la verdad entre soflama y soflama de los lideres, reconociendo que si ganan habrá que «revisarlas». Los pensionistas, claro, se acongojan de inmediato y ven peligrar el caldo del domingo. En ese momento, salta la alarma en los cuarteles generales de la derecha y extrema derecha: “¡Cago en diez, no hables de las pensiones! Di que las vas a subir, prometer la luna, que ya habrá tiempo de recortar una vez sentados en el sillón de la Moncloa”, siguiendo al pie de la letra aquello de que en campaña hay que mentir con desparpajo y gobernar según sople el viento.

Hablar de la famosa «hucha de las pensiones» es, al fin y al cabo, como hablar del monstruo del Lago Ness: todo Dios la menta, pocos la han visto gorda de verdad, y cuando vienen mal dadas, se queda más vacía que la nevera de un estudiante un veintinueve de mes. En los tiempos de Mariano Rajoy, la hucha se quedó más limpia que la patena de una iglesia de aldea gallega después de la novena. Dejaron el fondo de reserva con unas migajas que ni para un chocolate con churros daban, todo para engordar a los amigos de Montoro, mientras nos juraban por Snoopy que la economía «iba como una moto». Y hoy vuelve la matraca, con el PP y Vox prometiendo salvar el sistema, mientras los contrarios avisan de que lo único que van a salvar son las comisiones de los amigotes del banquero de turno.

Al final, todo esto es el mismo circo ambulante, pero con luces de neón y pantallas led. La consigna es infalible: si vas al mitin y no agitas el fantasma de que te van a robar la jubilación, no eres un político de «proveito». Una pena, carallo, porque luego, gane quien gane, los cuartos salen siempre del mismo sitio: del lomo del que madruga para remar en el bote mientras los otros miran el paisaje desde un yate recorriendo as Rías Baixa , pensando en la siguiente jugada.

Y si hablamos de votar, en período electoral, claro, los pecados se vuelven todos veniales y de categoría benéfica. hay una fotografia de un día de votación en Galicia, de unas monjitas «carrexando» piadosamente a las señoras y señores de las residencias rumbo al colegio electoral, con una ternura infinita… aunque casualmente, los sobres con la papeleta bien amañada ya dentro no los repartía el Espíritu Santo, sino las primorosas manos de las Hermanas de la Caridad del PP, que para esto de guiar al rebaño hacia el redil democristiano tienen más arte que un lazarillo en pleno Camino de Santiago.

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