El artículo: Un dolor punzante que atormenta el alma. Por Miguel Abreu

Se observa en las ciudades, pueblos, aldeas y lugares. Son un número creciente de iglesias y capillas con las puertas cerradas de una Iglesia que busca acoger a todos, hasta a las afueras. Algunas son abandonadas a ser conquistadas por la naturaleza, en algunos casos sin tiempo para retirar lo que se teme que les sea sustraído. Otras se transforman en espacios tan desiguales a las razones de su fundación. Es una realidad que se observa con un silencio de acomodación mortal.

Son pocos los fieles, no hay sacerdotes, existe el miedo a que roben las imágenes, es el tiempo que dejó de existir,… es lo que se quiera decir para justificar la mundanización que triunfa y que, sigilosamente, va restando espacio y tiempo a Dios de la frágil humanidad. El refugio donde cada uno tiene el privilegio de encontrarse consigo mismo ya no está disponible. La puerta está cerrada. Ahora, ¿dónde puedo recogerme?

Ya no son solo las campanas las que se van silenciando. La oración y el canto comunitario ya no resuenan, no se escucha nada. ¿La eucaristía? No hay asamblea en «número suficiente», no hay sacerdote disponible para atender y salvar tantas almas necesitadas de Dios. ¿Cómo vivir esta fe que se expresa en una comunidad viva? Desafíos propuestos por un nuevo tiempo para un mundo nuevo, soluciones a discernir con prudencia y verdad. Hasta entonces, camino, deteniéndome con morosidad en cada puerta… experimento en carne propia la condición de peregrino huérfano.

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