Sísifo, Ícaro y los pretorianos (Me cago en Putin). Por José Manuel Dapena Varela

Abogado

Para los pretorianos que en este mundo han sido, son y serán, quizás la mayor frustración radique en salvar al César de sí mismo. O de sí misma, si el César tiene nombre de mujer. Proteger al César del enemigo exterior, o de los compañeros de viaje, entraría dentro de los cometidos predecibles y esperables. Sin embargo, la tarea se torna más peliaguda (y peligrosa), cuando entran en juego factores de endiosamiento e infalibilidad, de cerrazón o adulación, de aislamiento o ceguera. ¿Quién le dice al rey que está desnudo? El balneario del ostracismo, a modo de gulag, sería el menor de los males para el osado… Además, si llegara a sus oídos el consejo, ¿reconocería el propio rey su imagen? ¡Ay!, espejito, espejito mágico…

El estudio de los clásicos no debería desaparecer de las escuelas. La mitología, bien entendida, también enseña, si se conoce y analiza. La naturaleza humana erre que erre: todo cambia para que todo siga igual. Podrá la Humanidad dominar cielo y tierra, que los Ícaros y los Sísifos seguirán haciendo de las suyas (Internet y redes sociales mediante).

Podría enredar el texto por ahí (por recovecos de dolor individual y ombliguismo militante), si no hubiese visto hace bien poco el telediario y no tuviese fresco en las retinas y en mi mente el HORROR DE LA GUERRA. HORROR, como siempre en estos casos, con todas las mayúsculas. Las zozobras domésticas de salsa rosa o de política con minúsculas palidecen antes las noticias y las imágenes desgarradoras que nos llegan desde Ucrania: infancias rotas y familias desmembradas, muertes sin sentido y ruinas sin porvenir predecible. Ucrania, otro nombre que añadir a una funesta lista.

A falta de posibilidad individual para detener un tanque o desviar una bomba, proporcionar medios materiales a quienes han perdido todas sus pertenencias constituye una nueva exigencia de solidaridad. ¡Cuántas hay, por desgracia! Para quienes han muerto en este conflicto, lágrimas de recuerdo y consuelo a sus seres queridos. Mientras los especuladores campan a sus anchas en supermercados, gasolineras y tendidos eléctricos; mientras otros discuten que si galgos o podencos, que si halcones o palomas; permitidme el improperio:

¡ME CAGO EN PUTIN!”

Malditas las guerras y quienes las promueven.

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