Abogado
Quizás lo más caro en la vida es perder lo que no tiene precio: aquello que no habrías podido comprar; aquello que jamás podrás ya comprar y que jamás podrás ya tener. Surge esta reflexión al hilo de una lectura en Facebook que me impulsó a dejar vagar el pensamiento en torno al “do ut des” y al “quid pro quo”.
Comienzo con estos latinajos, no para asustarte, sino para que seas valiente, los leas, te los saltes y sigas avanzando en estas líneas y profundizando en el texto. A fin de cuentas, las palabras cambian en el tiempo y en el espacio (ya sea por obsolescencia, ya sea por mero cambio idiomático), pero las ideas y los sentimientos humanos en poco o en nada han mutado desde las cavernas.
Una apreciada docente y envidiada viajera, cuyas fotos y comentarios me amenizan en Facebook, tomaba como punto de partida esa expresión popularizada por la película «El silencio de los corderos» («Quid pro quo») para debatir con sus alumnos en torno a (digamos) la toxicidad de una relación donde solamente uno da. Para ello combinaba la riqueza lingüística que aportaba conocer esa expresión, con la enseñanza en torno al equilibrio y a la equidad que, en su opinión, habrían de regir las relaciones humanas de cualquier índole. Reproduzco su texto, entrecomillando, pues aunque a lo mejor no sea estrictamente literal, sí creo que condensa de modo fiel su argumentación expositiva: “Cuando siempre debe ser uno el que ceda, cuando los intereses y deseos de uno deben someterse siempre a los del otro, cuando uno acaba socavando la voluntad, pensamientos y deseos del otro (quebrantándose el principio de equidad y reciprocidad), entonces es que ha llegado el momento de soltar amarras, levar anclas, liberarse de esa mochila emocional y seguir navegando. Aplicar el «quid pro quo» en nuestras relaciones no es egoísmo, es una cuestión de justicia para con nosotros mismos…”
Reconociendo y aplaudiendo la sabiduría ínsita en esa enseñanza y en ese consejo a seguir, para levantar polémica planteo algunos supuestos, donde acaso no siempre lo blanco y lo negro están nítidos, donde entran los grises, donde la paleta de colores de la vida juega en todo su esplendor: ¿Siempre la esperanza de la reciprocidad es el móvil interesado de una acción? Aun sabiendo que nada se va a recibir a cambio, ¿no cabe una entrega desinteresada? ¿No existe el amor incondicional? ¿No cabe realizar una “entrega” sin pretender a cambio resultado práctico tangible alguno, simplemente por sentirse a gusto con uno mismo? ¿Dónde están los intangibles? ¿Es lo mismo lo que se da que lo que se recibe? Señalo esto último recordando un comentario socarrón que me hicieron en mi época “política”, tras mi asombro por la reacción adversa ante mis palabras en una intervención: “Quedó grabado, Dape, lo que tú dijiste; pero no quedó grabado lo que él escuchó”. Para pensar…
Los conceptos de “Barrio Sésamo” grande y pequeño semejan claros y sencillos. Pero hay cosas grandes que no son nada; y cosas pequeñas que son enormes: todo un mundo. Siendo así, ¿cómo se ajusta el fiel de la balanza? ¿Dónde radica, en ocasiones, el equilibrio de las prestaciones?
Quizás a través de los conceptos de precio y valor se puede realizar un ajuste más fino de las prestaciones. Y de la empatía. Quizás. No sé. Quién sabe.
La pasada semana (en otro contexto personal) recordaba dos enseñanzas recibidas en mi familia.
En casa siempre me animaban a dar, a regalar, a disfrutar de los preparativos del regalo (que podrían extenderse durante semanas). Al mismo tiempo, no obstante, me preparaban para los sinsabores de la recepción. La prevención era que en contadísimas ocasiones iba a recibir lo que daba, pero lo que daba representaba lo que era, lo que soy, y eso debía ser lo verdaderamente importante. A veces sería lo único importante.
En otra lección, ante lo que pudiera considerar injusto o motivo de enfado, la recomendación de mi madre era clara y rotunda: pienses lo que pienses, te sientas como te sientas, pórtate bien y haz lo correcto. Lo correcto venía marcado por la conciencia, por la convicción de reconocerse en el espejo a la mañana siguiente. La cuadratura del círculo: alma, corazón y cabeza.
Todo esto a raíz del “quid pro quo”, del “do ut des”. Lo que pueden dar de sí dos latinajos… Salud y suerte en la vida