Cuando ellos mirarán sus manos… Por Miguel Abreu

por Miguel Abreu

y se dan cuenta del peso de la culpa que cargan, será demasiado tarde. El mayor daño no hubiera estado en el primer acto y se hizo todo lo posible para que así fuera, pero será todo lo que este acto degradante sacará a la luz. La corrupción mata a más personas que todas las armas del mundo, empezando por la propia persona, que cree ganar algo extra por su fugaz alegría.

En algunos casos, la persona corrupta parece no tener idea de la gravedad del acto innoble, del cual a menudo también es promotor del mismo. Sin embargo, este hecho no exime a ninguna de las partes involucradas, ni da ninguna razón que pueda quitar peso a tal ignominia.

El acto de dar acceso a algo aparentemente inofensivo a cambio de dinero o algún tipo de bien es asumir, desde el principio, complicidad y culpa cuando ocurre un hecho que causa daño. Y en caso de que haya muertes los implicados (corruptores y corruptos) serán tan, o incluso más culpables, por haber facilitado el acceso a alguien menos preparado – ya sea física, psicológica y/o en términos de conocimientos.

No habrá nada de qué arrepentirse.

¿Y si esta muerte es de alguien muy cercano a los involucrados (corruptores y corruptos)? Todo el arrepentimiento no valdrá la pena, el mal ya está hecho y hubo quienes ganaron algo haciendo el mal. La alegría asociada a las ganancias mal habidas se transforma en algo doloroso y que probablemente jamás será olvidado en el corto resto de tu vida. Es una carga que hay que soportar, si hay una conversión profunda a nivel de la conciencia y de la dignidad humana.

Las leyes sirven de poco o de nada si la mentalidad de una persona no cambia, o sea, si la persona no comprende su lugar en el mundo, y el tamaño y repercusión de cada una de sus acciones en la humanidad. ¡La corrupción no beneficia a nadie! Porque, no importa cuánto dinero o bienes puedan recibir, estos nunca serán suficientes para borrar el deseo de una ilusión que se confunde con el “sueño de vida”. El “sueño” no es objetivo. Marca la dirección, es como ese viento que sopla desde la popa, aire que alimenta la llama que indica el lugar de llegada. El objetivo es la realidad. La llegada es señal de conquistar otro camino. No llegar es fuente de una nueva oportunidad para llegar más lejos.

Entrar en este círculo vicioso es entrar en un camino sin fin, en el que el ser aún vivo es ya un ser muerto con olor a putrefacción. Seguir la ilusión de que es más fácil pagar por tener algo que trabajar para conseguirlo es no vivir. Y sobre el que promueve la corrupción en sí mismo, toda la culpa recae, porque en el principio está su acto pernicioso. ¿Por qué hoy el hombre sólo responde con solidaridad en situaciones de catástrofe? ¿¡No sería mejor, por el bien común, utilizar este comportamiento humano todos los días!?

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