Comunidades líquidas. Por Miguel Abreu

por Miguel Abreu

El vivir global y la experiencia de un tiempo que parece tener un ritmo cada vez más acelerado transforman el sentido de pertenencia en algo tan volátil como complicado de absorber en una vida hiperestimulada.

El dar un tiempo «vacío» a la inquietud que promueve el arte del pensamiento es reemplazado por ininterrumpidos movimientos repetitivos frente a una pantalla y/o por un martilleo sonoro que se escucha bien alto y preferiblemente cerca de los tímpanos.

Los vínculos entre personas y lugares son sustituidos por parafernalia que alimenta brevísimos instantes de muy fugaz alegría. La desvinculación da lugar a un vivir que se va desvelando en la fluidez de decisiones, portadoras de una no deseada dificultad y tristeza que se contrapone al deseo de una vida fácil y permanentemente alegre. La nostalgia, espacio de excelencia para percibir el lugar del otro en la vida del «yo», no es entendida como portadora de un carácter especial. El sentido de posesión es unidireccional, en el sentido contrario una incomprendida definición de libertad hace romper los vínculos filiales. Así, en este vivir liquefeito, se va fluyendo entre efímeros placeres que van generando nuevos modelos de comunidades.

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