Una araña en la bañera. Por Kepa Tamames

por Kepa Tamames

Desde que tengo uso de razón (se lo pongo a huevo a mis amigos graciosetes, quienes seguro comentarán que entonces no hace tanto, o incluso que ni se han enterado de que adquirí sin anunciarlo dicha mayoría mental) orino sentado en el inodoro. Simplemente, porque me resulta más operativo en mi particular caso, por cuanto tal postura me permite reflexionar un ratillo sobre lo que surja, a veces nada. Pensará con razón el [supongo alucinado] lector que poco puede reflexionarse en el brevísimo lapso de una micción. Y me permito corregirle, pues mi sentada bien puede alargarse varios minutos. No hay prisa, y supongo que a nadie hago daño. Es más, de ese minuto largo, aposentado sobre la taza, brota no pocas veces el germen de uno de estos artículos, que imagino alguien lee.

¿Surgió este de tan particular escenario? Afirmativo. Porque en plena reflexión descubrí una araña en la bañera. Trataba la pobre de salir de allí, y resbalaba cada pocos segundos hacia el abismo cerámico. Con total seguridad acabó ahí como fin del trayecto desde el desagüe, y ahí hubiera acabado sus días, agotada física y mentalmente, de no ser por un tipo rarito que acostumbra a dar una pensada tras cada preceptivo pis.

Recuperé la compostura para correr al ordenador y esbozar el presente texto, pues la memoria ya flaquea, y al poco recordé que allí debía de seguir el octópodo en su desesperación, intentando hollar cima. Abandoné el teclado y marché a su rescate: tan sencillo como atraparla en un recipiente de cristal y proceder a su depósito en el vergel en que mi pareja ha convertido lo que un día fue terraza yerma. En tan frondoso lugar fue liberada, y nada volví a saber de ella, o de él, o de elle, pues no entiende uno de géneros arácnidos, que acaso se cuenten también por docenas, como en el caso de los humanos, desnortados y locuelos como hemos acabado.

Pienso rápido, como lo demuestra el hecho de que durante los escasos metros que separan el despacho del baño imaginé que quizá el animalito era el bebé de una familia, y que por tal pudiera acaso toparme de bruces con el papá, un tipo peludo del tamaño de un plato sopero, con razonable enfado, pensando que el también peludo humano trataba de hacerle daño a su pequeñín. Por suerte, no había papá, pues en ese caso hubiera tenido que dejar de lado mi empatía labrada durante décadas hacia los animales para enfrentarme a sartenazos con la tarántula hirsuta, en pura y simple legítima defensa. Mucho mejor sin ella en la escena.

¿Hice lo correcto procediendo al traslado? Creo que sí. Y debo subrayar el «creo», pues estas cosas me generan cierta reflexión, otra más. Veamos…

Quizá con su traslado la condené a muerte, siendo como son determinadas plantas letales de la muerte ―valga la redundancia― para según qué especies. O se la comió otra araña más grande que yo no vi entre la maleza. ¿Y qué si la hubiera visto? La naturaleza ―también la de una terraza protoselvática― tiene sus reglas, e impera en ella la ley del más fuerte. Si la araña más grande no se hubiera zampado a mi protegida, otro bicho hubiera sido la víctima. O ni siquiera quepa denominar «víctima» a quien no es sino victimario cuando toca de otros vecinos de maceta.

Entiendo que hice lo correcto. Lo he hecho la tira de veces a lo largo de mi vida, y no recuerdo haberme sentido extraño en mi proceder, fueran moscas desorientadas, renacuajos en lo que a punto estaba de dejar de ser un charco, o pajarillos enredados en hilos de costura. No me consta que me lo agradecieran, sino más bien que echaron pestes por la molestia causada, sin percatarse de que era por un bien mayor.

Olvidé añadir a moscas, renacuajos y pajarillos las lombrices que pueblan el firme embaldosado de parques y jardines tras el chaparrón. Las devuelvo al césped, sin saber hasta hace no tanto que de allí huyen para no morir ahogadas en sus casas, pues eso y no otra cosa son los túneles bajo tierra. No sé muy bien qué será de ellas con mi bienintencionada acción, pero sí que mirar para otro lado las condena a morir aplastadas por suelas de goma, o resecas pasada la tormenta en el peor de los casos, qué agonía. Al contrario que con animales más cercanos en lo emocional, reconozco serísimas dificultades para colocarme en la mente de una lombriz, de una mosca, de un renacuajo. Pero aprecio, o así me lo parece, que mejoran su situación con mi comportamiento, que apenas supone para un servidor agacharse.

La ética nos viene de serie, y a ella nos debemos con el prójimo, sea este el vecino huraño en saludos o el más ínfimo animal, referido el adjetivo al tamaño, pues siempre será este relativo, según el observante.

Hay que actuar para procurar el bien a los demás, si acaso les falta, y para aumentarlo si algo tienen, porque hay cosas que nunca son demasiado.

Comparte éste artículo
Escribe tu comentario