@jsuarez02111977
La memoria es una perra desleal que solo recuerda lo que conviene, y las historias verdaderas de los héroes de barrio se pierden entre los pliegues del tiempo, igual que la última copa de la madrugada en una taberna mal iluminada. Pero yo no me olvido. Hay gestas que, aunque no se esculpan en bronce ni se emitan en prime time, resuenan con más fuerza que las palmaditas en la espalda de los figurones de traje y corbata. Hoy quiero hablar de una de ellas. Del Chaston.
Para el que no lo sepa —y más vale que se lo graben a fuego—, el Chaston fue un equipo coruñés que, allá por los años setenta y ochenta, decidió hacer lo que se supone que solo los grandes pueden: ser inmortal. Sí, inmortal, porque ser grande no es cuestión de millones ni de maletines; es cuestión de sudor, de dientes apretados y de una dignidad que no se compra. Y de eso, el Chaston iba sobrado.
Aquella fue una época en la que el fútbol sala no era el circo mediático que hoy es, donde los jugadores no desfilaban como modelos de pasarela bajo las luces cegadoras de la fama. No, señor. Era un deporte de currantes. De tipos que venían de pelar el cobre en campos de tierra y de jugarse las rodillas en pabellones donde las porterías las habían pintado con cal, con cuatro gatos en las gradas y un eco que se te metía en el pecho. Un deporte de hombres, no de marcas.
El Chaston no tenía el respaldo de magnates ni de multinacionales. Tenía a Miguel Mosquera, empresario joven y con las agallas de los que no entienden de imposibles. Su equipo era un crisol de veteranos de la calle y exfutbolistas que supieron encontrar en el fútbol sala un nuevo campo de batalla. En 1979 ya estaban en la Primera División nacional. ¿Lo entiendes? Un equipo de fútbol sala, en una ciudad que aún vibraba con el eco lejano del Depor, metiéndose entre los grandes, como quien se cuela en la boda de un príncipe y se sienta en primera fila.
Era fútbol, sí. Pero también era algo más. Algo visceral. Lo entendías cuando veías a tipos como Denís, el primer brasileño que puso un pie en el fútbol sala español, bajar la cabeza y correr como si cada gol le costara un pedazo de alma. O a Julio, el portero que no solo paraba balones; paraba el tiempo. Paraba la vida misma durante esos segundos eternos en los que el público dejaba de respirar.
Y llegó 1984. Un año que algunos recordarán por el libro de Orwell, otros por las listas de éxitos de la radio, pero los que saben lo recordarán porque el Chaston se convirtió en leyenda. Ese 15 de abril en el Palacio de los Deportes, cuando el Unión Sport de Madrid mordió el polvo ante un equipo que, en su mayoría, eran tipos que habrían firmado autógrafos con una mano mientras con la otra recogían las cajas de su curro diario. Tres a cero. Sí, leíste bien.
Tres goles de pura rabia contenida, de orgullo gallego destilado como aguardiente.
Se escuchaba el rugido de la ciudad, una A Coruña que no se andaba con delicadezas ni florituras. Había hambre, hambre de gloria, y aquellos hombres en pantalón corto lo sabían. Volvieron a ganar al año siguiente, porque, ¿por qué no? Cuando has tocado la gloria, ¿qué vas a hacer? ¿Retirarte? No. La masticas, la saboreas, y vuelves por más. Porque ellos no jugaban por las portadas, jugaban porque amaban aquello. Era como si el aire en el Palacio de los Deportes tuviera un sabor distinto, como si por unos minutos se abriera una puerta al Olimpo y aquellos hombres comunes se convirtieran en dioses.
Había épica en cada pase, en cada entrada dura que hacía rechinar los dientes de los que miraban desde las gradas. No se jugaba al fútbol sala. Se guerreaba. Y se ganaba. O se moría en el intento, que a veces era casi lo mismo. Tres Copas del Rey consecutivas, señores. 1986, 1987 y 1988. Y después de eso, silencio. Porque así es el destino. Miserable, olvidadizo, ingrato.
Hoy los pavos reales de los clubes de fútbol sala pasean sus patrocinios en las mangas y firman contratos que les aseguran una vida de selfies y camisetas para el marketing. Pero entonces, entonces, el Chaston fue otra cosa. Fue coraje, fue sangre y fue dignidad. El Torneo de Campeones de 1985 en Italia, donde se enfrentaron a lo mejor de Europa, fue solo otro capítulo en una historia de la que nadie habla ya. Pero yo no me olvido. Ni los que estaban allí deberían hacerlo.
Porque el fútbol, amigos míos, no es solo un deporte. Es una metáfora de lo que somos capaces de hacer cuando nos dejamos la piel por algo en lo que creemos. Y el Chaston, aunque hoy sus nombres apenas aparezcan en las crónicas, fue una lección de cómo el sudor y el sacrificio pueden erigir una leyenda que ni los años, ni el olvido, ni la desmemoria interesada pueden borrar.
Así que, cuando pasees por Coruña y veas el Palacio de los Deportes, no pienses solo en los eventos que allí se celebran ahora. Piensa en el rugido de una afición que fue testigo de algo único. Piensa en hombres de verdad, esos que jugaban para ganarse algo mucho más grande que una copa: la inmortalidad.
Foto Lancina (Marineda Deportiva)