La irrupción del nuevo año se vio marcada por un singular contraste: mientras la naturaleza se desataba en una furiosa danza de vientos y lluvias, las ciudades se engalanaban para celebrar la llegada de los Reyes Magos. Un evento que, cada año, revela la rica diversidad de nuestras tradiciones y la capacidad de los españoles para adaptarlas a las circunstancias más adversas.
Desde los ingeniosos remolques con forma de camello en Camariñas o Coristanco, en autobús llegaron de Oriente sus Majestades a Brión y en las Islas Canarias optaron por la patera, más de doscientos pajes del Rey Baltasar, el de color, aunque todos los personajes reales del Belén en Palestina era igual de morenos. Cada Comunidad aporta su toque único a esta festividad. Sin embargo, bajo esta aparente alegría, subyacen tensiones y contradicciones que ponen de manifiesto la complejidad de nuestra sociedad.
La coincidencia de esta celebración con el cincuentenario del fallecimiento de Franco, y la polémica en torno a la figura de Felipe IV, nos recuerda la importancia de mirar hacia el pasado para comprender el presente. ¿Hasta qué punto nuestras tradiciones están arraigadas en el pasado? ¿Cómo evolucionan y se adaptan a los nuevos tiempos?
Mientras tanto, los ciudadanos se enfrentan a la subida de los impuestos y a la precariedad, mientras se les invita a mantener una tradición que, aunque cargada de simbolismo, puede resultar costosa y poco práctica en un mundo globalizado. ¿Estamos dispuestos a sacrificar nuestro bienestar económico por el mantenimiento de costumbres que, aunque queridas, pueden parecer anacrónicas?
La pregunta queda abierta, al igual que la puerta de nuestros hogares para recibir a los Reyes Magos. Una noche mágica en la que, más allá de los regalos, celebramos la ilusión y la esperanza de un futuro mejor.»