Siempre es lo mismo. Cambian los nombres de los bares, los empresarios se renuevan, las normativas se parchean, pero el guion es inmutable: cierre de un local, indignación entre los hosteleros, comunicado victimista y alguna que otra reunión en la que la palabra “consenso” se repite más que el ajo en una mala cena. La historia de siempre, pero con protagonistas distintos.
Esta vez es en A Coruña, donde la policía ha cerrado locales por incumplir la normativa de ruidos y los hosteleros han saltado como un gato cuando le pisan la cola. Han montado su reunión de urgencia, han puesto cara de mártires y han sacado el discurso de siempre: que si la industria del ocio está en peligro, que si la cultura se muere, que si los pubs y bares son alma y esencia de la ciudad. Lo de siempre.
Lo que nunca dicen es que a ellos lo que les importa de verdad es la caja. Que si mañana pudieran abrir una discoteca en el salón de su casa y hacer negocio sin que nadie les tocase las narices, lo harían sin pestañear. Porque su problema no es la normativa, ni la identidad cultural, ni la convivencia con los vecinos. Su problema es que, cuando el grifo de los billetes se cierra, les entra la angustia.
El negocio del jolgorio y la hipocresía
Vamos a ser claros. La hostelería nocturna es un negocio. Legítimo, sí, pero negocio al fin y al cabo. No es cultura, no es patrimonio inmaterial ni es un servicio público. Es un grupo de empresarios que han encontrado en el alcohol y la música alta una forma de ganar dinero. Perfecto. Pero que no vengan con el cuento de que lo hacen por la ciudad, por la tradición o por el bien de la gente.
Porque, si de verdad les preocupasen las tradiciones y la convivencia, harían lo que hacen los vecinos de esos mismos barrios a los que ahora quieren engatusar: cuidar su entorno. Se preocuparían de que sus locales no sean un nido de trapicheo, de que los clientes no salgan a mear en portales ajenos, de que los decibelios no atraviesen paredes como un cuchillo caliente en mantequilla.
Pero no. No lo hacen. Prefieren hacer caja y luego rasgarse las vestiduras cuando les pillan.
Vecinos versus empresarios: la guerra de siempre
Pongamos un ejemplo: si mañana abren un after justo debajo de la casa de uno de estos hosteleros indignados, con música a todo trapo hasta las siete de la mañana, con gente fumando en la puerta, con gritos y botellas rotas en la acera… ¿Qué haría ese hostelero?
Exacto. Llamaría a la policía. Se quejaría de que no puede dormir. Pediría que se respetase su derecho al descanso. Pero, cuando es su negocio el que molesta, entonces hay que ser comprensivos, hay que buscar consenso, hay que adaptar normativas. Lo de siempre: la doble moral del que solo piensa en su bolsillo.
Porque los hosteleros se llenan la boca hablando de diálogo con los vecinos, pero cuando los vecinos les piden que bajen el volumen, que controlen a su clientela o que respeten las normas, la respuesta es siempre la misma: “Nos estáis matando”.
No. Nadie os está matando. Simplemente se os está recordando que la ciudad no es solo vuestra. Que vivir en A Coruña no puede ser un privilegio exclusivo de los que hacen negocio con el ocio nocturno. Que igual que hay derecho a pasarlo bien, hay derecho a dormir sin sentir que te están montando una verbena en la mesilla de noche.
El teatro de siempre
Así que ahora los hosteleros se han reunido, han creado una “asociación”, han redactado un manifiesto y han decidido que esta vez sí, esta vez de verdad, van a buscar soluciones.
Mentira.
Dentro de un mes, cuando ya no les estén cerrando locales, volverán a lo de siempre: a subir el volumen hasta que revienten los altavoces, a servir copas a quien haga falta, a decir que no pueden controlar lo que pasa fuera de su local. Hasta que vuelva a haber sanciones, hasta que otro local caiga, hasta que otra reunión de emergencia convoque a los mismos indignados de siempre.
Porque esta historia no va de equilibrio ni de convivencia. Va de dinero. Va de empresarios que quieren que el negocio siga funcionando sin que nadie les moleste. Que quieren que los clientes beban, bailen y gasten sin restricciones. Y que, cuando la ley se lo impide, lloran como niños a los que les han quitado el juguete.
No es un drama. Es la realidad. Y la realidad no se negocia.