La presentación de “El Calibrador de Estrellas” tendrá lugar el 3 de abril en El Club Empresarial Nordés de A Coruña
En un mundo cada vez más marcado por la influencia de Oriente, comprender la intrincada dinámica de China se antoja esencial. “El Calibrador de Estrellas”, la nueva obra de Julio Ceballos, nos revela una perspectiva fascinante: que existen tantas maneras de ordenar el mundo como de interpretar la vastedad del firmamento. Con una prosa amena y un enfoque eminentemente optimista, Julio nos invita a sumergirnos en el modelo chino, desvelando cómo esta civilización milenaria ha sabido transformar desafíos en valiosas oportunidades.
A lo largo de sus páginas, el autor extrae claves exportables a Occidente, como el valor de la meritocracia, la apuesta decidida por la educación, un arraigado espíritu emprendedor, una sólida cultura del esfuerzo y una visión estratégica de largo alcance.
¿Es China un tabú para quienes nunca han comerciado con ellos?
Cualquier desconocimiento siempre provoca miedo y muchos prejuicios sobre China provienen de la falta de conocimiento y de experiencia directa. El ascenso de China genera recelo e inquietud, pero la mayor amenaza la representa nuestra propia falta de preparación para convivir y competir con ese ascenso. Mis libros tienden puentes para sortear ese desconocimiento. No aprender de algunos logros que explican los éxitos ajenos es un error estratégico y una muestra de miopía. Tenemos claro que no queremos aprender de China pero el gigante asiático, además de la gran «fábrica del mundo», también es un «laboratorio de estrategias» en el que Occidente puede inspirarse mucho. El tabú se alimenta por visiones ideológicas simplistas, dogmáticas, autocomplacientes o por filtros de Guerra Fría, no por realidades empresariales.
¿Cuánto dura el proceso de preparación y asimilación cultural antes de una relación comercial con una empresa china?
El proceso de adaptación y asimilación es largo, requiere de una profunda comprensión cultural, paciencia y pragmatismo, pero la relación comercial comienza tan pronto ambas partes detectan negocio y la manera de desarrollarlo. Para hacer negocio en China no hay que aprender chino, leer a Confucio ni ser maestro kung-fu. Basta con aplicar el sentido común, la tolerancia la perseverancia: hacer ver al socio chino cómo vas a hacerle ganar dinero, transmitirle compromiso y empezar a andar. El resto es un aprendizaje progresivo que requiere de años, no semanas.
¿Cuánto daño hace el lenguaje popular («trabajo de chinos») a su imagen comercial?
Mucho. Las expresiones estereotipadas sobre China, además de frecuentemente obsoletas, perpetúan una visión peyorativa y poco informada del mayor mercado de consumo futuro y del acontecimiento histórico más relevante de los últimos cinco siglos. Mis libros muestran que estos clichés impiden ver la verdadera sofisticación y complejidad de su sistema económico y cultural. Estos falsos estereotipos son un obstáculo comunicativo y mental que limita oportunidades de cooperación, pero también aprendizajes que servirían para ayudarnos a perfeccionar nuestro modelo, hacerlo más fuerte, eficaz y competitivo
¿Cuál es el secreto de la versatilidad de los asiáticos en hostelería en A Coruña?
Su éxito consiste en hacer bien lo que ya funciona, sin grandes «experimentos»: un bar, un restaurante, una tienda… aplicando disciplina, mucho ahorro, orientación al cliente, planificación familiar, sentido comunitario, capacidad de sacrificio y espíritu emprendedor. A menudo aplican modelos de negocio probados en red, optimización de recursos y trabajo a largo plazo.

¿Cuáles son las mejores anécdotas de sus dos décadas de relación cultural?
Las mejores anécdotas siempre son las que dejan los negocios en China: lo «buscavidas» que son los chinos y cómo sacan conejos de la chistera para cerrar un acuerdo, negociar un contrato o salvar algún problema con picardía. Además, su legendaria hospitalidad es absolutamente contemporánea y siguen siendo magníficos anfitriones y maestros del agasajo.
¿En qué fase de una guerra comercial vivimos?
Entramos en una fase avanzada, con Estados Unidos imponiendo más barreras (aranceles, restricciones tecnológicas) y China fortaleciendo su autosuficiencia. Europa se encuentra en medio, sin una estrategia clara y siendo arrastrada por tensiones ajenas. La batalla es eminentemente tecnológica y estratégica más que comercial. Probablemente, el resultado de todas estas tensiones arancelarias sea el opuesto al que busca Trump: conseguir que China alcance una mayor autonomía tecnológica y se independice aún más rápido de cadenas de suministro críticas.
¿Existe un lado bueno o recomendable en todo esto?
Sí. El «lado bueno» de esta guerra comercial es doble: por un lado, la oportunidad de aprender de China. Su ascenso durante los últimos 40 años nos muestra que es posible crecer mediante planificación, excelencia, educación, esfuerzo, innovación y tecnología. Convertir a un competidor en un maestro siempre es una buena estrategia competitiva. Por otro lado, el desafío actual, con la reordenación del mundo que se está dando obliga a Europa a dejar de improvisar y a definir un rumbo estratégico propio. Las mismas amenazas que nos generan inquietud, tanto en Oriente como en Occidente, pueden convertirse en una palanca para mejorar nuestro modelo. En mi libro «El calibrador de estrellas» doy 18 claves para mejorar nuestro modelo y hacerlo más competitivo.
¿Qué es lo que China nunca dejará de vender ni de comprar?
- Nunca dejará de vender: Tecnología aplicada (como IA, 5G), bienes de consumo, vehículos eléctricos, y manufactura avanzada.
- Nunca dejará de comprar: Materias primas estratégicas (cobre, cobalto, petróleo, alimentos), tecnología punta (chips avanzados) y talento especializado.
¿Aprender chino para los negocios fue realmente necesario?
Sí y no. Hablar chino es útil para generar confianza, comprender matices culturales y abrir puertas. Pero más allá del idioma, lo crucial es entender la lógica cultural y empresarial china. Aprender chino es una ventaja competitiva, una buena herramienta de negociación y un «turbo» a la hora de hacer negocios, pero no es imprescindible. La lengua importa, pero el sentido común, la inteligencia cultural y la capacidad negociadora importan todavía más.
