Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya!
En este año 2025, la celebración de la Pascua es, en sí misma, un milagro silencioso. Católicos, ortodoxos y todas las confesiones cristianas celebran, en el mismo día, la victoria de la Vida sobre la muerte. Por primera vez en mucho tiempo, todos los cristianos del mundo, de todos los calendarios, dan gloria a Dios en las alturas y cantan el mismo Aleluya, en el mismo Domingo.
¿Es solo una fecha? No, porque la Pascua no fue hecha por los hombres. La Pascua es el mayor don del amor genuino de Dios a toda la humanidad. Es una señal. Un soplo de Dios en el tiempo y en el espacio. Es un gesto profético que nos señala lo que es posible: la comunión. La unidad. El amor que vence las distancias.
En este día en que lo imposible se hace real, el sepulcro está vacío, y nuestro corazón, lleno. Lleno de la certeza de que la muerte no tiene la última palabra. Lleno de esperanza para un mundo nuevo. Lleno del amor de Cristo.
Dios nos habla a través de signos. Y hoy, este signo es claro: la resurrección de Cristo es para todos. Llama a todos. Reúne a todos. Por eso, no guardes este anuncio solo para ti. Llévalo contigo. Llévalo a tu familia, a tus amigos, a tus vecinos, a tus compañeros, a los que amas e incluso a quienes te parecen distantes. Llévalo con un gesto, con una mirada, con una palabra sencilla: “Cristo vive en ti.”
Que esta Pascua nos ayude a recuperar la confianza: la confianza en Dios, que siempre hace nuevas todas las cosas; la confianza entre las personas, capaces de volver a empezar; la confianza entre los pueblos y las naciones, llamados a la paz, a la justicia y a la fraternidad.
Y que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, nos enseñe a tener un corazón disponible, capaz de acogerlo todo en silencio, y de guardarlo y meditarlo en lo más profundo de nuestro ser.
Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado.
Que ya hoy, aún con los pies en la tierra, podamos saborear la belleza del Cielo.