Pablo Iglesias o el comunismo de moqueta

Vomitivo. No encuentro otra palabra. Podría adornarlo, revestirlo de metáforas o envolverlo en papel de celofán ideológico, pero no. Vomitivo es lo que es. Que un tipo que ha sido vicepresidente del Gobierno, que ha manejado presupuestos de miles de millones, que ha tenido el BOE en la mano y ha vivido como un marqués rojo en un casoplón de rico, venga ahora a pedirle dinero a la gente para montarse una taberna de nombre revolucionario es, simple y llanamente, obsceno.

¿Más del 50% del objetivo conseguido en 12 días? Claro. Lo que tiene ser un símbolo. Lo que tiene haber estado años en el púlpito mediático dando lecciones desde una superioridad moral construida a base de cinismo y moqueta. Lo que tiene haber convertido la política en plató y la ideología en marca. Porque esto ya no va de ideas, ni de lucha obrera, ni de dignidad de clase. Esto va de merchandising sentimental para progres de sofá.

Garibaldi. Qué nombre tan grandilocuente para lo que no es más que un bar. Uno más. Uno de tantos. Pero con el agravante de la hipocresía, que es lo que lo vuelve repugnante. Porque no hablamos de un obrero que se busca la vida. Hablamos de un tipo que ha estado en la cúspide del poder, que ha tenido todo al alcance de la mano, que se ha hecho rico —sí, rico— vendiendo la revolución como quien vende yogures bio en una feria vegana.

¿Y ahora qué? ¿Ahora toca pasar la gorra? ¿Ahora toca apelar al romanticismo de las barricadas mientras él mira los planos de su nuevo local desde una terraza en Galapagar? Por favor. No insulte nuestra inteligencia. El mismo que hablaba de la casta se ha convertido en su caricatura más grotesca. El mismo que señalaba a los ricos como parásitos vive hoy como uno de ellos, y todavía tiene la desvergüenza de pedirle a la gente que le financie el negocio. El comunismo de crowdfunding. La lucha de clases pasada por Bizum.

Y lo peor no es él. Lo peor es la troupe de devotos que todavía se lo compra. Que todavía lo defiende. Que todavía lo aplaude como si estuviésemos en 2014 y no en pleno 2025, cuando ya ha quedado claro que todo fue un montaje, un trampolín hacia la fama y la pasta.

Garibaldi no es una taberna. Es un insulto. A los que luchan de verdad. A los que montan bares con préstamos, no con likes. A los que trabajan sin cámaras ni micrófonos, sin la épica impostada de un guion barato de serie B.

Esto no va de hostelería. Esto va de dignidad. Y la tuya, camarada, hace tiempo que se fue por el desagüe de tu jacuzzi.

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