¡Gracias, Papa Francisco!

No siempre comprendido y muchas veces incómodo, has abierto puertas y has removido conciencias. No solamente has guiado a la Iglesia sino que has tocado el alma de millones con tu forma sencilla, humana y profundamente evangélica de ser Papa.

Hay gratitudes que no caben en un simple gesto, ni tampoco en un sólo día ni en unas pocas palabras. Gratitudes que brotan del alma cuando miramos atrás. Hoy, desde el rincón humilde de nuestras vidas, queremos decir: Gracias, Papa Francisco!. Gracias por la gran lección de amor que nos dejas.

Gracias por tu abrazo a los pobres y a los miles y miles de migrantes y refugiados que huyen con lo puesto. Gracias por llevarlos en el corazón y no sólo en los discursos. Gracias por recordarnos, una y otra vez, que el Evangelio se escribe en las periferias.

Gracias por tu llamada urgente a una ecología integral. Por mirar al planeta con ojos de madre; por enseñarnos que cuidarlo, también es amar al prójimo. Tu encíclica “Laudato Si” ha traspasado fronteras religiosas y políticas convirtiéndose en una llamada universal a la responsabilidad ecológica.

Gracias por tu incansable esperanza en una fraternidad universal. Por recordarnos que somos hermanos antes que adversarios, hijos de un mismo Amor que no conoce muros ni alambradas. Tu insistencia en el diálogo interreligioso, la fraternidad entre los pueblos y el cuidado de la casa común, han inspirado a millones a renovar su fe y compromiso con la humanidad.

Gracias por abrir las puertas a los que dejamos al margen y cargaron tanto tiempo con el peso del rechazo. Gracias por intentar abrir espacios para que las mujeres podamos tener voz, decisión y responsabilidades. Gracias por tus palabras valientes, por no guardar silencio ante el dolor, por tu compromiso con la verdad y la justicia en momentos difíciles para nuestra Iglesia.

Gracias Francisco por animarnos a “hacer lío”, a levantar la voz allí donde haya injusticias, dolor o indiferencia. Por empujarnos a salir al encuentro del otro y a no tener miedo a equivocarnos si lo hacemos por amor. Gracias por invitarnos a vivir una fe valiente y comprometida, que no se quede en palabras, que abrace, que incluya, que cuide y que se la juegue por amor. Por recordarnos que la fe no se grita, se vive.

Gracias por tu sonrisa honesta, por tu forma de vivir lejos de los privilegios y de los lujos. Por tu manera de andar por la vida sin pompas, con los zapatos del prójimo. Hasta en la sencillez de tu tumba, “Franciscus” nos sigue hablando de amor, entrega y humildad, recordándonos que la verdadera grandeza no necesita títulos.

Gracias por soñar una Iglesia más sencilla, más humana, más parecida a Jesús. Una Iglesia en la que todas y todos cabemos. Todas y todos, todos, todos.

Hoy te decimos gracias. Con emoción. Con respeto. Con cariño inmenso.

Gracias por estos años de palabras que acarician, de gestos que conmueven, de decisiones que incomodan porque buscan justicia. Tu presencia humilde, tu humanidad transparente, tu forma de hablarnos con palabras claras y tu cercanía, nos hicieron sentir que el Evangelio volvía a tener rostro humano, tangible, posible.

Querido Francisco, que tu ejemplo nos inspire a amar más y a juzgar menos.

¡Gracias, gracias, gracias!

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