La energía de la que nadie quiere hablar

A veces me pregunto en qué momento decidimos convertirnos en un país de idiotas felices. En qué punto exacto cambiamos la sensatez por la consigna fácil, el dato por la pancarta, la realidad por el eslogan. Y pienso en eso cada vez que escucho a algún iluminado diciendo que las energías renovables son la solución única, definitiva, casi mesiánica, para todos nuestros problemas energéticos. Como si bastara poner cuatro placas solares y cien molinos para que España funcione como un reloj suizo.

Pero la realidad, amigos, es mucho más fea que los folletos de Greenpeace. La realidad es que la energía no se improvisa. La realidad es que este país no es California ni Dinamarca, ni tiene su clima ni su estructura industrial ni su cultura de previsión. Aquí queremos luz barata, mucha, siempre, y que no moleste. Y eso, señores, no lo dan ni el sol ni el viento.

Porque el sol se esconde, y el viento se para. Porque los paneles solares no producen un solo vatio cuando anochece y las turbinas se quedan quietas cuando hay calma chicha. Porque la energía renovable es maravillosa, pero intermitente. Y un país no puede jugarse su suministro eléctrico a un parte meteorológico. No puede fiar su industria, sus hospitales, su transporte, su vida entera a ver si mañana hace buen tiempo.

Pero aquí estamos, haciendo exactamente eso. Cerrando centrales nucleares mientras importamos gas, comprando electricidad a Francia —que, por cierto, la produce con nucleares— y mirando para otro lado como el que no quiere ver que le están vaciando la cartera. Porque la energía nuclear, en este país, es una palabra prohibida. Una herejía. Un tabú.

Y sin embargo, es la única energía capaz de garantizarnos estabilidad, potencia y cero emisiones de CO₂ al mismo tiempo. Sí, han leído bien: cero emisiones de CO₂ . Mientras nos llenamos la boca de cambio climático y de sostenibilidad, cerramos la única tecnología que realmente podría ayudarnos a cumplir los objetivos climáticos sin depender de caprichos meteorológicos ni de combustibles fósiles.

Pero no. Aquí preferimos cerrar reactores y poner más molinos. Y cuando no sople el viento, encender las centrales de carbón y de gas. Y luego nos extrañamos de que la factura eléctrica sea una estafa, de que las industrias cierren, de que dependamos de Marruecos y Argelia. Nos sorprende, como si la estupidez no fuera una política de Estado.

Miren a Francia, sin ir más lejos. 56 reactores nucleares. Exporta electricidad a media Europa. Pagan la mitad por su luz. Garantizan suministro constante, sin CO₂, sin depender de Putin ni de las subastas diarias de gas. Y nosotros aquí, creyéndonos más verdes, más éticos, más responsables… mientras quemamos gas argelino y carbón colombiano cada vez que se para un molino.

¿Hipocresía? No. Es peor. Es ignorancia deliberada. Es esa mezcla de miedo, desinformación y cobardía que tanto nos gusta cultivar. Porque es más fácil demonizar la nuclear que explicar que los residuos están controlados, que los reactores modernos son seguros, que la tecnología ha avanzado décadas desde Chernóbil y Fukushima.

Pero aquí seguimos atrapados en las viejas películas de los 80, pensando que una nuclear es una bomba atómica con chimeneas. Seguimos creyendo que lo sostenible es solo lo que suena bonito, lo que cabe en una pancarta o en un reel de Instagram. Y mientras tanto, perdemos tiempo, competitividad y dinero. Y, sobre todo, hipotecamos el futuro.

Porque esa es la traición más grande: no a nosotros, que ya estamos aquí y ya nos apañaremos. Es a los que vienen detrás. A los que tendrán que lidiar con un país dependiente, vulnerable y caro. A los que se encontrarán una industria eléctrica incapaz de sostener su propia demanda.

Y no, no es cuestión de elegir entre nuclear o renovables. Es cuestión de sumar. De entender que necesitamos todo : renovables, nuclear, hidrógeno, almacenamiento, interconexiones. Pero eso exige una política valiente, técnica, responsable. Y aquí, la valentía energética brilla por su ausencia.

Preferimos seguir jugando a las utopías. Preferimos soñar con un país verde, limpio, libre, alimentado solo de sol y viento… hasta que llegue la noche, o hasta que no sople. Y entonces, encendemos las térmicas, importamos de Francia, y decimos: “Bueno, es que no hay otra”.

Claro que la hay. Pero requiere algo que aquí nos cuesta: aceptar que la realidad no cabe en un eslogan.

Y eso, por desgracia, es algo que en España nadie parece dispuesto a encender.

Pero luego no digan que nadie lo advirtió.

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