El decálogo del ruido (y la barra libre de jod… al vecino)

Mire usted, yo solo quería dormir. Nada más. Un derecho pequeño, humilde, casi de segunda en esta ciudad que presume de calidad de vida y marisco fresco. Pero parece que he cometido un crimen: vivir encima de un bar. No elegí yo que pusieran la verbena diaria debajo de mi casa, ni pedí que el suelo temblara como si la orquesta Panorama ensayara en mi salón. Y ahora resulta que los hosteleros, esos nuevos próceres de la libertad, han presentado su decálogo. Un decálogo, dicen. Y uno escucha “decálogo” y se imagina tablas de la ley, principios universales, algo serio. Pero no: esto es más bien un menú del día de exigencias, aderezado con la rancia salsa de “todo para mí, y si molesta al vecino, que se compre tapones”.

Empecemos. Primer mandamiento: eliminar los sonógrafos. Claro que sí, campeones. Quitar el único aparato que mide objetivamente el ruido, no vaya a ser que tengamos pruebas de que vuestra música está reventando tímpanos a tres manzanas. Es como si al ladrón le quitáramos la cámara de seguridad porque “no garantiza imágenes objetivas”. Qué poética es la defensa de lo indefendible cuando va en nombre de la economía.

Segundo: suprimir las ZAS, esas zonas de protección acústica que, pobrecitas, solo intentaban que uno pudiera abrir la ventana sin que le entraran los decibelios como cuchillos. Y es que las ZAS son malas, claro. Reducen la actividad económica. Porque para estos mesías del botellón reglamentado, actividad económica es sinónimo de barra libre de ruido. Como si el único modelo posible de hostelería fuera convertir la ciudad en una rave permanente.

Luego está lo de la tasa de terrazas. Que no, que no quieren pagar más. Que ya bastante tienen con cobrar cinco euros por una caña tibia. Que las terrazas son su territorio sagrado y no se tocan. Y si me apuras, deberían pagarles a ellos por ocupar la calle, por hacernos el favor de extender su reino hasta las aceras, obligándonos a esquivar mesas como quien juega al Tetris humano.

¿Y qué decir de la concejalía exclusiva de Hostelería? Una ventanilla única, piden. No vaya a ser que tengan que pasar por las mismas trabas burocráticas que cualquier otro ciudadano o empresario de esta ciudad. Que su negocio merece un trato aparte, con alfombra roja y secretario personal. Todo bien centralizado, no sea que alguien desde Urbanismo o Medio Ambiente les recuerde que existen leyes, normativas y límites.

Pero lo mejor, el clímax, la guinda de este pastel con olor a fritanga, es su deseo de “participar activamente en la definición de las políticas turísticas”. Ya puestos, ¿por qué no les dejamos también decidir las políticas de sanidad? Total, si van a acabar matándonos a base de insomnio, que al menos redacten ellos los protocolos de urgencias.

No, señores hosteleros. Esto no es un pulso entre empresarios y ayuntamiento. Esto es un pulso entre su negocio y nuestra salud. Entre su caja registradora y nuestro descanso. Entre su derecho a facturar y nuestro derecho a vivir. Porque lo que ustedes llaman “modelo de ciudad” es, en realidad, una barra libre de impunidad, disfrazada de dinamización económica.

Y mientras tanto, aquí estamos los vecinos. Los malos de la película. Los tiquismiquis. Los aguafiestas. Solo por querer que, a partir de cierta hora, la ciudad deje de parecer un festival de verano. Pero tranquilo, que ya me buscaré la vida. Me pondré tapones. Bajaré la persiana. Me encerraré en mi casa como un topo. Porque en esta ciudad, al parecer, el que madruga no se merece dormir.

Que sigan ustedes con su decálogo. Yo, mientras tanto, buscaré una cueva.

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