@jsuarez02111977
Tenía yo diez u once años, quizá menos. Mis padres me llevaron una tarde cualquiera a lo alto del Parque de Santa Margarita. No era domingo ni había feria. Íbamos a ver “la Casa de las Ciencias”, decían. Recuerdo el nombre como si lo acabara de escuchar por primera vez: misterioso, prometedor, cargado de esas dos palabras mágicas que todavía hoy me siguen erizando la piel: “casa” y “ciencia”.
Subimos por la cuesta entre eucaliptos y bancos de piedra. Me pareció un castillo extraño, más serio que alegre, como si ocultara un secreto. Y al entrar, zas. Una bofetada de asombro. Allí dentro no se hablaba bajito ni se andaba en fila. No. Allí se tocaba. Allí se pulsaban botones y las cosas cobraban vida. Había péndulos que dibujaban en la arena, rayos que saltaban entre esferas de metal, espejos que te volvían calvo y después te devolvían la melena. Y bichos, muchos bichos, encerrados como en vitrinas mágicas que parecían sacadas de una novela de Verne. Aquello no era un museo, era un hechizo.
Y luego, el planetario. El techo abovedado, la oscuridad, el silencio. Recuerdo la voz grave del narrador diciéndonos que íbamos a salir de la Tierra, como si fuera lo más normal del mundo. De pronto, todo giraba. Aparecieron las constelaciones. Y yo, que apenas sabía atarme los cordones, me sentí astronauta, filósofo griego, marinero de estrellas. Allí aprendí que el cielo no es solo azul, ni blanco, ni negro. Es historia, es pregunta, es vértigo.
Han pasado cuarenta años. Cuarenta años desde que A Coruña —sí, esta ciudad a la que tantos llaman pequeña con la boca chica y la cabeza vacía— se atrevió a ser pionera. La Casa de las Ciencias fue el primer museo interactivo de titularidad pública de España. ¡De España, carajo! Y no fue en Madrid, ni en Barcelona. Fue aquí, donde el Atlántico azota y se agarra uno a la barandilla cuando sopla el nordés. Fue Ramón Núñez Centella, ese sabio con alma de niño, quien ideó este templo de la curiosidad. Y lo hizo con un lema que debería estar grabado en mármol a la entrada de todos los colegios: Prohibido no tocar.
Ahora, en 2025, cumplen cuarenta años. Y lo celebran como se celebran las cosas importantes: mirando al cielo. Este viernes, a las 19:30, el planetario vuelve a encenderse. Será una sesión especial, un viaje por los hitos astronómicos que nos han cambiado la mirada. Gratis, además, como todo lo que vale la pena y no se compra con tarjeta.
Y sí, también se renovará el Parque de Santa Margarita, ese pulmón verde que guarda celoso esta joya de museo. Un millón de euros para adecentar caminos, bancos, jardines. Que falta le hace, porque los árboles, como las ideas, también merecen respeto.
Pero lo esencial, lo eterno, es esto: que sigue habiendo niños y niñas que entran por esa puerta y descubren que tocar no es pecado, que preguntar no es molestia, que mirar las estrellas no es perder el tiempo.
La ciencia no necesita solemnidad. Necesita asombro. Y la Casa de las Ciencias lleva cuarenta años sembrándolo a puñados.
Yo, por mi parte, aún guardo aquel primer viaje como otros guardan un primer amor. No lo recuerdo: lo siento. Porque aquel día no solo entré en un museo. Entré en otra forma de ver el mundo. Y, desde entonces, no he vuelto a salir.
Jesús Suárez: Ciudadano de A Coruña. Amante de la ciencia, del cielo y de las cosas que no se pueden explicar sin tocarlas.