Rigoberta Bandini en A Coruña: ¿Cantó, existió, o fue una alucinación colectiva?

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La noche del sábado, A Coruña esperaba con ansia, o al menos eso nos contaron, la llegada de la profetisa pop, la musa de lo magnánimo y lo mamífero, Rigoberta Bandini. Nuestro medio, siempre en la brecha informativa y con una vocación de servicio público que roza lo masoquista, se preparó para cubrir el evento. Teníamos bolígrafos afilados, cámaras cargadas y la pluma lista para narrar cada suspiro, cada beat, cada himno al pecho. ¡Qué ingenuos fuimos!

Resulta que la organización, en un alarde de misterio y una gestión de la comunicación digna de una sociedad secreta, nos propinó una negativa expresa e injustificada para realizar nuestra labor informativa. Sí, así como lo leen. Un «no» rotundo, sin explicaciones, como si estuviéramos pidiendo las llaves del Pentágono en lugar de un mísero pase de prensa. ¿Qué clase de concierto es este que se esconde de los periodistas como si fuera una reunión clandestina de amantes de la música sin derechos de autor?

Así las cosas, y con la cabeza bien alta (aunque algo perpleja), debemos confesar que desconocemos por completo si Rigoberta Bandini actuó. Si la luz del escenario se encendió, si su voz resonó en el recinto, si el público (si lo hubo) coreó «Ay, mamá» o si, por el contrario, fue una noche de silencio monacal y meditación profunda. No sabemos qué canciones interpretó, si es que las interpretó. Tampoco tenemos la menor idea de cuál fue la reacción de los asistentes, suponiendo que alguien se presentara para ver un evento que, para nosotros, se tornó invisible.

El propósito de la organización al adoptar esta decisión es, para nosotros, un enigma digno de un capítulo de «Expediente X». ¿Querían crear una experiencia tan exclusiva que ni los medios merecieran atestiguarla? ¿O quizás estaban probando una nueva forma de concierto inmaterial? Lo que sí tenemos constancia, y esto no es broma, es que semejante proceder perjudica seriamente a la artista catalana al limitar la difusión de su trabajo, y por extensión, a la industria musical en todas sus vertientes. Porque, ya se sabe, sin visibilidad, la música corre el riesgo de sonar… inaudible.

En fin, como bien dice el dicho, «que cada palo aguante su vela». Y nosotros, con nuestra vela informativa apagada a la fuerza, solo podemos especular. Quizás Rigoberta Bandini no cantó. Quizás bailó. O quizás se quedó en el camerino meditando sobre la transparencia. Lo que es seguro es que, para este medio, su concierto en A Coruña fue un misterio envuelto en un enigma, sin música y con mucho silencio. ¡Qué ironía!

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