Maravillas S.D.: Donde empezó todo. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Dicen que el Maravillas S.D. nació allá por 1947 o 1949. Ni ellos mismos se ponen de acuerdo. Unos dicen el 49, otros el 51. Lo que sí es seguro es que, al principio, no se llamaba Maravillas. Lo llamaban Tánger, por la calle Noya, porque muchos de los chavales que lo fundaron vivían o jugaban por esa zona. Pero al poco tiempo decidieron cambiarle el nombre. Le pusieron Maravillas, porque decían que tenían jugadores que eran auténticas maravillas con el balón en los pies. Y porque, en el fondo, fundar un club de barrio y mantenerlo vivo tantos años es ya de por sí un milagro.

El Maravillas no es solo un club. Es barrio. Es vida. Es recuerdos que me queman en la garganta cada vez que hablo de ellos.

Hoy todo está lleno de padres pegados a la valla, grabando vídeos, gritando indicaciones como si fuesen Guardiola. Antes, mi madre no tenía ni puta idea de en qué equipo jugaba yo. Ni horarios. Ni campos. Ni nada. El fútbol era nuestro. De los chavales. Sin filtros. Sin redes sociales.

Y en aquella época de fútbol de barrio, Augusto César Lendoiro no se olvidó de los clubes modestos. Firmó un convenio y repartía carnets por todos esos clubes. Los repartió, colaboró y gracias a él, los chavales de aquellos equipos íbamos de forma gratuita al fútbol. Haciendo deportivismo. Haciendo ciudad. Nos daba aquellos carnets y nosotros íbamos a Riazor como podíamos, aunque a veces no supiéramos ni cómo volver a casa.

Y claro, para ir a jugar los partidos, no teníamos casi ni cómo movernos. Porque, como bien dije, nuestros padres no tenían ni puta idea de dónde jugábamos ni cuándo. Así que allí aparecía Moreta, sacando su camioneta de la bodega de Bodegas Moreta. Una furgoneta que todavía puedo ver, como si la tuviera delante. Olía a vino que tiraba de espaldas, porque salía de la bodega.

Moreta era como un padre para nosotros. Un cuidador. El que sabía que había que llevarnos a nuestro destino, porque lo único que queríamos era jugar al fútbol. Nos subíamos quince chavales, con mochilas, balones, botas colgando, apretujados como sardinas, cantando, riéndonos, soñando. Iba alguno medio mareado por el olor, pero nadie se quejaba. Hoy eso estaría prohibido, estaría penado, acabaríamos todos en comisaría. Pero en aquel momento, aquello era libertad. Era barrio puro. Era fútbol sin filtros.

Éramos felices con nada. Con el campo que nos tocara, con las porterías medio torcidas, con el balón que hubiera. Y con la ilusión de vestir los colores del Maravillas, aunque volviéramos a casa llenos de barro y con algún moratón de regalo.

Y Canito. Qué decir de Canito. El presidente eterno del Maravillas. Siempre pendiente de nosotros. Siempre con buenas palabras. Tratándonos como si fuéramos de su familia. Porque el Maravillas es eso: familia.

Íbamos a cambiarnos a la calle Asturias. No teníamos ni campo para entrenar. Muchas veces nos tocaba entrenar en la explanada de la iglesia de San Pedro de Mezonzo. Entre cemento y santos. Allí aprendí lo que es el fútbol de verdad. Hasta que hicieron el campo en Vioño, el Arsenio Iglesias.

Hoy el Maravillas sigue vivo. En Tercera Galicia, grupo 1 de A Coruña. Con su primer equipo, su B, sus juveniles, cadetes, infantiles, alevines, benjamines, prebenjamines, veteranos. Siguen jugando la Copa da Coruña. Siguen sacando chavales. Siguen defendiendo ese escudo que, para mí, vale más que cualquier Champions.

Porque el Maravillas me enseñó lo esencial: que la vida es barrio, amigos y un balón. Que con eso basta para ser feliz. Y que, aunque el mundo cambie, hay cosas que no se pueden perder.

Yo soy del Maravillas. Y siempre lo seré. Porque allí empezó todo.

Foto. Sigue tu Liga

Comparte éste artículo
No hay comentarios