La noche de ayer sábado, 5 de julio de 2025, A Coruña se preparaba para un evento musical sin precedentes. ¡Ni más ni menos que Pablo López en el Coliseum! Y no un concierto cualquiera, no. La nota municipal, enviada con una sorprendente antelación el 10 de diciembre del año anterior, prometía una experiencia inmersiva: el artista malagueño, su voz y su piano, en el centro de la pista, rodeado por el público en 360 grados. Un concepto tan innovador que, sinceramente, nos hizo creer que esta vez sí estábamos a la vanguardia cultural.
Como medio de comunicación diligente y, sobre todo, ingenuo, nos apresuramos a solicitar la acreditación. Imaginen nuestra emoción: cubrir un concierto donde la intimidad y la cercanía serían las protagonistas. Nuestra petición voló hacia el Concello, que, suponemos, la remitió a la empresa concesionaria, esa entidad todopoderosa que maneja los hilos de los eventos públicos como si fueran suyos, muy suyos. Y, ¡oh, sorpresa!, nos encontramos con la realidad de las cifras: 75 plazas para la prensa y 150 para protocolo. Una distribución que ya nos daba pistas sobre quiénes eran los verdaderos privilegiados de la noche. Concejales, amigos, primos y demás familia.
Y aquí viene el giro argumental, digno del mejor thriller de espías. Este medio, y un nutrido grupo de colegas de profesión, fuimos excluidos. Sí, así como lo leen. Sin explicaciones, sin un «lo sentimos, aforo limitado», ni siquiera un «es que su becario se ha colado en el catering». Simplemente, el silencio administrativo más elocuente. Parece que las 75 plazas se agotaron con una rapidez asombrosa, dejando espacio de sobra para el selecto grupo de protocolo.
El título del concierto prometía «360 grados, un piano, una voz». Pero, gracias a esta exquisita política informativa, hoy no podemos confirmarles si Pablo López siquiera trajo el piano, o si la voz que sonó era realmente la suya. De la promesa de un «show íntimo» podemos dar fe: tan íntimo fue que, en la opacidad más absoluta, desconocemos si hubo público, o si se alcanzó el cenit de la intimidad, con el artista tocando para las sillas vacías en un sublime acto de meditación musical, eso sí, siempre bajo la atenta mirada de los agraciados del protocolo. Imposible hacer una fotografía con un escenario redondo, sillas vacías o llenas, alrededor y un piano de cola en el centro, y para que no olviden en donde se supone que fue el espectáculo, recordando el nombre del recinto, Coliseum de A Coruña.
En fin, una nueva muesca en el revólver de esas decisiones empresariales que confunden una concesión pública con un préstamo privado, una patente de corso para hacer y deshacer a su antojo. Todo ello, claro está, sin importar el perjuicio a un público que merece información, y menos aún a la imagen de los propios artistas que, suponemos, ven cómo su arte se difumina en la niebla de la desinformación organizada y el férreo control del protocolo. Suma y sigue, que la función debe continuar, aunque sea a ciegas.