@jsuarez02111977
Me acuerdo de las manos. De esas manos que olían a metal, a sudor, a pintura naval y a pólvora de manifestación. Manos como las de Suso Díaz, que vienen de los días en que ser comunista era jugarse el pellejo y no un eslogan de TikTok. Manos curtidas en Astano, donde cada bocanada de aire llevaba salitre y lucha.
Porque ser sindicalista, entonces, no era asistir a congresos ni salir en fotos de familia con corbata. Era dejarse los dientes en las rejas de la comisaría y besar el frío de los barrotes mientras los grises partían costillas. Era organizar asambleas a escondidas y tener preparada la fuga si tocaban la puerta a las tres de la mañana.
Suso Díaz, aquel gallego que con 14 años se plantó en un astillero y nunca más abandonó la pelea. Primero la del acero y la soldadura, luego la de los derechos y la dignidad obrera. Se metió en Comisiones Obreras cuando Franco todavía firmaba sentencias de muerte, y eso no es de valientes: es de locos. De locos necesarios.
Hoy, la palabra sindicato suena casi a pieza de museo. Como si la lucha obrera fuese cosa de otra época, cuando el mundo era en blanco y negro y el Estado respondía con balas. Ahora que todo es redes sociales y postureo, conviene recordar que hubo hombres —y mujeres— que perdieron empleo, dientes, libertad y a veces hasta la vida para que tú tengas vacaciones, convenio y baja médica. Y uno de esos hombres fue Suso Díaz.
No sorprende que su compromiso con el comunismo y el sindicalismo se transmitiera hasta luego, en generaciones nuevas que habrían de tomar la posta. Pero no era una herencia de altos despachos ni discursos vacíos, sino del fondo de los astilleros, donde la lucha se aprende a martillazos.
Ayer murió. O, mejor dicho, se fue. Porque a los hombres como él no se les muere del todo. Quedan flotando en el humo de los astilleros, en los aplausos de las asambleas, en los megáfonos del Primero de Mayo. En la memoria de los que saben que el sindicalismo no es un logo en una pancarta, sino la vida misma.
Me pregunto si hoy alguien de 20 años tendría arrestos para jugársela como se la jugó Suso. Para entrar en la cárcel por un derecho, para desafiar al Estado y al patrón. Tengo mis dudas. No porque falte coraje, sino porque ahora el miedo viene disfrazado de otra cosa: de precariedad, de contratos basura, de silencios cómplices. Y porque hemos comprado la idea de que el obrero es cosa del pasado.
Pues no. Mientras haya quien doble el lomo para que otros vivan mejor, seguirá habiendo clase obrera. Y seguirá siendo necesaria la lucha. Y seguirá siendo rojo el eco de los astilleros.
Como lo fue Suso Díaz.
Como lo seguirá siendo su memoria.
Fotografía. Foro Social de Ferrolterra